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Valores: Amorosos en nuestras relaciones

por | Abr 8, 2026 | Valores | 0 Comentarios

“Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser y con toda tu mente” —le respondió Jesús—. Éste es el primero y el más importante de los mandamientos.  El segundo se parece a éste: “Ama a tu prójimo como a ti mismo.” De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas.» Mateo 22:37-40

Hablar del amor siempre es un tema complejo. Especialmente por la terrible tergiversación que el término ha sufrido en nuestra sociedad contemporánea. En el sentido bíblico el amor es la marca que debe regir toda relación genuinamente cristiana. Afirmaciones tan profundas como: “el que no ama no ha conocido a Dios porque Dios es amor” determinan el sello de autenticidad del verdadero hijo de Dios.

Ahora bien, si revisamos lo que hemos visto hasta ahora con los valores de la IBNJ, nos daremos cuenta que Ser FIRMES EN LOS PRINCIPIOS BÍBLICOS, nos debe conducir a ser SANTOS EN NUESTRA CONDUCTA, lo cual es imposible si no estamos movidos a ser AMOROSOS EN NUESTRAS RELACIONES. En el pasaje que estamos considerando, los líderes religiosos del tiempo de Cristo, que sabían mucho de religión y de las Escrituras, pero muy poco del amor que emana de una sincera relación con Dios, quisieron tenderle una trampa teológica a Jesús, así que trajeron a un doctor de la ley para que les formulara una pregunta capciosa.

¿Cuál es el mandamiento más importante? Un verdadero problema para Jesús, puesto que los líderes religiosos podían acusarlo de tener en poco aquellos mandamientos que estuvieran fuera de su respuesta. Los escribas declaraban que había 248 preceptos afirmativos, tantos como miembros en el cuerpo humano; y 365 negativos, tantos como los días del año, siendo su total 613, el número de letras del Decálogo. Ante un legalismo absolutamente deshumanizado la respuesta del Señor dejó a todos sin ninguna posibilidad de acusarlo. La respuesta fue sencillamente, EL AMOR.

En términos del amor, la respuesta de Jesús enfocó tres esferas de relación fundamentales para todo ser humano:

  1. El Amor a Dios. Sin lugar a ninguna duda este es el mandamiento más importante. El término “amor” da la idea de amor desinteresado, el amor que se da por la necesidad de amar y no esperando nada a cambio. Este amor implica sacrificio y entrega absoluta y es un modelo del amor con el que Dios amó al mundo. Cuando la Biblia plantea que “Dios es amor” nos está diciendo que él es la esencia, la naturaleza y la fuente absoluta de este amor. Visto así, el llamado es a amar al Señor nuestro Dios de manera necesaria, entregada, sacrificial y absoluta. “El corazón, el alma y la mente”, más que una división de tres aspectos que diferencian al ser, se refiere a los aspectos internos y externos que nos definen como seres humanos. Lo interno que va desde nuestro espíritu, nuestra mente y sentimientos; lo externo centrado en nuestras decisiones, nuestra conducta y nuestras palabras. Todo lo que somos debe estar enfocado a amar a Dios, dejando por fuera la posibilidad que otro elemento, otro dios u otra cosa creada, tomen espacio en nuestra vida.

    El amor a Dios que debe ocupar todo nuestro ser tiene dos aristas fundamentales:

    1. El factor objetivo del amor a Dios es la obediencia a su Palabra. Cuando leemos amar a Dios con todo nuestro ser, podemos hacer subjetiva la idea de amar, pues recordemos que el sentido del amor en la sociedad contemporánea se ha desvirtuado a un acto puramente emocional. Pero el amor a Dios nos lleva mucho más allá. Amar a Dios no sólo es una decisión consciente, sino que es una decisión que tiene claro el objetivo que se persigue y este es la obediencia fiel a los principios establecidos en su Palabra. El amor a Dios es directamente proporcional a nuestra decisión de obedecer. Pero esta obediencia está centrada en sus “mandamientos”, palabra que no se refiere a la ley, sino a las instrucciones prácticas y morales que estaba enseñando a través de su ministerio. El amor se mide en términos de obediencia, y la obediencia es la manifestación práctica de los principios bíblicos, a los cuales podemos acceder gracias a la guía del Espíritu Santo.
    2. Dios mismo nos capacita para amarle. Cuando analizamos el alcance del amor que se nos demanda, debemos entender que excede nuestras capacidades humanas. La obediencia de los mandamientos del Señor en términos de amor, es contra la naturaleza humana que camina sin Cristo. Pero nuestro Dios “ha derramado su amor en nuestros corazones al darnos su Espíritu”, lo cual implica que una vez que depositamos nuestra confianza en Cristo la naturaleza divina habita en nosotros a través del Espíritu Santo dotándonos del amor que sólo viene de Dios. Es válido destacar que la expresión “ha derramado su amor…” da la idea de vaciar plenamente todo su amor en nuestra vida, es decir no sólo tenemos la capacidad de amar, sino que en el Espíritu Santo tenemos la naturaleza y la esencia misma del amor.

    Entonces al amar a Dios con todo nuestro ser, nos esforzaremos por ser FIRMES EN LOS PRINCIPIOS BÍBLICOS y SANTOS EN NUESTRA CONDUCTA. Dado que nuestra primera relación es con Dios, entonces estaremos siendo AMOROSOS EN NUESTRA RELACIÓN CON EL PADRE.

  2. El amor al Prójimo. La segunda línea de relación es con nuestro prójimo. Para los judíos “el prójimo” incluía sólo a los que pertenecían a Israel y en las líneas más ortodoxas a aquellos que andaban en obediencia a la ley. Esa es la razón por la que en “la parábola del buen samaritano”, es bastante sensible que sea un samaritano quien exprese la lección. El prójimo es todo aquel que está a nuestro alrededor. Si lo manejáramos en términos del Apóstol Juan, tendríamos que decir que prójimo es todo aquel a quien podemos ver. Al pensar en el amor al prójimo debemos decir que es la evidencia tangible de que estamos cumpliendo el primer mandamiento enunciado por Jesús. Notemos que en la respuesta exigida por el doctor de la ley, sólo se esperaba especificara el primer y más importante mandamiento, pero el segundo es “semejante al primero”, es decir, amar a Dios y amar al prójimo son complementarios. Ambos dan cumplimiento total a toda la ley. La idea es la siguiente: el amor a Dios nos conduce obligatoriamente a amar a la gente de la misma forma que Dios nos ha amado a nosotros. Una vez más, en términos del apóstol Juan, podemos decir que “quien no ama a su hermano a quién ha visto no puede amar a Dios a quién no ha visto”. Ahora bien, este amor al prójimo no es para nada fácil, pues tiene al menos tres áreas de acción que no podemos perder de vista:
    1. Amor hacia nuestros enemigos. Este es el elemento del amor al prójimo más complejo de llevar a cabo. En el cristianismo auténtico, esto figura como una nueva dimensión del amor. El Señor dijo en el sermón del monte: “Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo; pero Yo os digo: Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos.” Veamos el alcance de semejante mandamiento:
      • Amamos a nuestros enemigos porque eso nos identifica con nuestro Padre celestial. Dios es un Dios de perdón, quien nos amó sin que nosotros pudiéramos merecerlo y a pesar de haberle ofendido con nuestra vida de pecado. De esta misma manera deben amar los hijos de Dios.
      • Jesús nos muestra la manera de amar a nuestros enemigos. El Señor nos da dos claves para amar a nuestros enemigos: 1. “Orar por Ellos”. Esta es la manera de poder abrir nuestro corazón a favor de aquellos que nos ofenden o nos han herido. 2. “Servirles”. “Así que, si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber; porque haciendo esto amontonarás ascuas sobre su cabeza.” Cuando servimos a nuestros enemigos les estamos dando elementos de valor para que reflexionen y cambien su actitud, además de golpear nuestro orgullo y nuestro deseo de tomar la justicia por nuestra propia mano. El hijo de Dios ama a su enemigo.
    2. Amor hacia los no creyentes. Este amor debe medirse en términos de sensibilidad. Antes de sentirnos superiores o tan santos que no podamos acercarnos a aquellos que están sumergidos en el pecado, el creyente ha sido llamado a amar al pecador, sentir dolor por su condición y enfocar todo su esfuerzo por alcanzarlo para Cristo. Qué pertinente es para nuestros tiempos que elevemos ante el Señor la misma oración que en su momento Juan Knox pronunciaba por Escocia. Este gran hombre de Dios solía pasar noches enteras en oración, clamando a Dios: “Dame a Escocia o me muero”. Y Dios le dio Escocia. En el sentido de la “Gran Comisión” el amor es el agente motivador que nos impulsa a hacer discípulos. La manifestación objetiva de este amor, no es el “sermón”, sino, una vez más, el “servicio”. Evangelizaremos a través del mensaje del amor, en la medida que estamos prestos a servir a aquellos que no conocen de Cristo.
    3. Amor hacia el cuerpo de Cristo. He aquí una esfera del amor, que muy bien pudiera darse por sentado hasta el punto de subestimarla. El amor hacia nuestros hermanos es una clara evidencia de que amamos a Dios. Ahora bien, este amor tiene también líneas de acción objetivas que debemos atender. Es decir, el amor hacia nuestros hermanos se mide en términos de nuestro servicio a ellos. El apóstol Pablo le dice a los romanos: “El amor sea sin hipocresía, aborreciendo lo malo, allegaos a lo bueno; amándoos unos a otros con amor fraternal; en cuanto a honor, prefiriéndoos unos a otros…” Esta instrucción nos da cuatro claves a favor del amor entre hermanos en Cristo:

      1) Debe ser sincero. La idea es dejar por fuera la idea de mostrarnos con una realidad falsa, es decir aparentar que amamos cuando en realidad nuestros hechos apuntan en otra dirección.

      2) Debe ser cuidadoso. El término “malo” que debemos rechazar plenamente, da la idea de aquello que por su baja naturaleza causa dolor y profundas heridas. El creyente debe amar a tal punto que cuide a sus hermanos de todo aquello que podría lastimarlo, esto sin dudas le evitará hacer cualquier cosa que vaya contra su integridad. En sentido contrario debe acentuar lo “bueno” que tiene que ver con aquellas cosas que causan algún beneficio a los demás.

      3) Debe ser cercano. La referencia al amor fraternal no apunta a un amor más bajo que el ágape que es amor sacrificial, sino que se enfoca en la calidad de familia. Los cristianos debemos considerarnos como si fuéramos familia consanguínea, así como si el vínculo que nos une no puede ser deshonrado. La sangre de Cristo y el Espíritu Santo.

      4) Debe ser capaz de guiar. En cuanto dependa de nosotros, debemos hacer valer las virtudes y las capacidades de nuestros hermanos. La honra implica darles el lugar que realmente merecen.

    Si nos damos cuenta toda la esfera de relación con el prójimo tiene como factor objetivo de evaluación el servicio.

  3. El Sano Amor hacia uno mismo. La tercera esfera de relación somos nosotros mismos. Analicemos el asunto de la siguiente manera. Imagine a un extremista religioso, cargado con todo un chaleco lleno de bombas en las instalaciones de un centro comercial. Si le preguntáramos qué le motiva de seguro la respuesta sería “el amor a Dios” de la forma que le reconoce. Este tipo de fanáticos pretenden actuar en obediencia a “Dios”. Así que, pudiéramos decir que su primera esfera de relación está resuelta. Pero ¿Por qué son capaces de llevar a la muerte a tantos semejantes? La respuesta está en el amor propio. Son personas con tan baja autovaloración que sienten la muerte como la mejor manera de romper con toda su desventura.

    El no amarnos a nosotros mismos nos imposibilita a amar a los demás. No perdamos de vista que es el modelo que sirve de guía para amar al prójimo (…como a ti mismo). Pablo les dice a los romanos: “Por el encargo que Dios en su bondad me ha dado, digo a todos ustedes que ninguno piense de sí mismo más de lo que debe pensar. Antes bien, cada uno piense de sí con moderación, según los dones que Dios le haya dado junto con la fe.” En virtud de esto el amor propio debe ser practicado bajo ciertas condiciones:

    1. Cuidado con la Arrogancia. En cuanto a la autovaloración el pensar de más da la idea de llenarse de altivez al punto tal de creerse por encima de los demás. Cuando no somos conscientes de nuestras flaquezas podemos pasarnos la vida criticando las debilidades de quienes nos rodean. En nuestra arrogancia perdemos la capacidad de amar a cada cual en su necesidad.
    2. Debe desarrollar una mente sana. La cordura da la idea de una mente sana, o debemos decir “salva”. La palabra traducida “cordura” es compuesta por “salvación” y “mente”. Aun cuando la idea podría ser “mente sana” hay un elemento de salvación en la frase “…según los dones que Dios le haya dado junto con la fe.” El creyente debe valorarse a sí mismo desde lo que es por la gracia de Cristo, pues sin él nada fuéramos. Viéndonos como hijos de Dios, ahora el creyente debe amar a sus semejantes, con la misma gracia que recibe Él.

    No perdamos de vista que nuestra vida cristiana nos exige amar. Esto nos impulsa a ser “AMOROSOS EN NUESTRAS RELACIONES”

Ante esto podemos establecer algunos principios:

  • Todo creyente verdadero debe procurar ser Amoroso en sus Relaciones.
  • Jesús nos enseña que el amor debe practicarse en tres esferas de relación: Dios, mi prójimo y yo mismo.
  • El amor a Dios se mide objetivamente en términos de obediencia a su Palabra.
  • El amor al prójimo, en todas sus manifestaciones, se mide en términos de servicio.
  • Nuestra autovaloración debe medirse en términos de la gracia que Dios nos ha dado.

Preguntas para pensar:

  1. ¿Qué aspectos de nuestra vida debemos considerar para alcanzar el tercer valor de la IBNJ: AMOROSOS EN NUESTRAS RELACIONES?
  2. ¿En los elementos objetivos de evaluación, obediencia, servicio y la gracia, cómo podríamos evaluar nuestro amor a cada esfera de relación?
  3. ¿Qué estrategias podemos trazarnos para encaminarnos a relaciones cada vez más llenas de amor?
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