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Valores: Santos en nuestra conducta

por | Mar 16, 2026 | Valores | 0 Comentarios

 “Ustedes saben que en una carrera todos corren, pero solamente uno recibe el premio. Pues bien, corran ustedes de tal modo que reciban el premio. Los que se preparan para competir en un deporte, evitan todo lo que pueda hacerles daño. Y esto lo hacen por alcanzar como premio una corona que en seguida se marchita; en cambio, nosotros luchamos por recibir un premio que no se marchita. Yo, por mi parte, no corro a ciegas ni peleo como si estuviera dando golpes al aire. Al contrario, castigo mi cuerpo y lo obligo a obedecerme, para no quedar yo mismo descalificado después de haber enseñado a otros.” 1ra a los Corintios 9:24-27

Para el Apóstol Pablo, el evangelio era algo para ser compartido, no sólo verbalmente, sino también a través de la conducta. El verdadero cristianismo debe originar cambios en la conducta del creyente. Cambios permanentes, radicales y sobrenaturales, pues esencialmente, debemos recordar que en el momento en que depositamos nuestra confianza en Cristo obtenemos una nueva naturaleza que SÍ puede vencer el pecado. Y si puede, entonces debe hacerlo. Cuando hablamos de santificación, nos referimos a esa nueva conducta que refleja el verdadero cristiano que surge como resultado de su nueva condición.

Tomemos unos minutos para definir lo que es la santidad. Ser “Santos” literalmente significa ser apartados para un fin (Levítico 20:26). En el sentido bíblico podríamos decir que implica ser consagrado para los propósitos de Dios. Esta consagración ocurre en el mismo instante que el ser humano deposita su confianza en Cristo (1 Corintios 6:11), es instantánea y es producto de la gracia de Dios, es decir, Él nos santificó. Pero esta santificación inicial nos conduce irremediablemente a un proceso mediante el cual el creyente debe comenzar a desprenderse de todo pensamiento, hábito, concepto, conducta y otras cosas que entorpezcan su propósito de consagración.

Una vez visto el sentido bíblico de la santidad, veamos ahora el sentido práctico. En primer lugar “Santo” implica pureza, y puro es algo que no tiene nada que lo contamine o que altere sus propiedades originales que lo califican y cualifican para el cumplimiento de su propósito. Entonces podríamos decir que santo es todo aquel que no tiene nada que lo descalifique para cumplir el propósito por el cual fue apartado o consagrado por Dios. Pero en realidad los creyentes sí tenemos factores que nos descalifican, por lo que debemos trabajar duro para ir progresivamente, y en la medida que el Espíritu Santo nos muestra, arrancando de nuestra vida todo lo que impida que el propósito individual de Dios sea cumplido en cada cual. Esto es la santificación.

Así pues, cuando en nuestro segundo valor hablamos de ser “Santos en nuestra Conducta”, no nos referimos a seguir al pie de la letra una lista de lo que debemos hacer o no hacer, ni hablamos de seguir los dogmas de una religión particular, sino que nos referimos a la decisión consciente de ir abandonando, superando o desarraigando aquellas conductas que dificultan que el propósito de Dios sea cumplido en mí. Por lo cual decimos que la santidad de mi sexualidad es usar mis funciones sexuales según el plan de Dios para ellas; o pensamientos santos implica usar mi cerebro según el plan de Dios para él; o santo en mis dones y talentos implica usarlos para el propósito por el cual Dios me los dio. En sentido pleno, una vida santa es aquella que somete bajo el propósito de Dios todas las áreas de su vida, lo cual implica que la santidad progresiva es un asunto individual que cada creyente debe tratar directamente con Dios y no un asunto colectivo (1 a los Tesalonicenses 4:3).

En el pasaje que hemos presentado de 1 a los Corintios 9:24-27, Pablo establece una comparación entre el cristiano auténtico y un atleta de alta competencia, pues ambos tienen que ser cuidadosos de su conducta para poder alcanzar sus propósitos. Bajo este ejemplo podemos analizar dos claves fundamentales que nos llevarán a lograr nuestro segundo valor: “Santos en Nuestra Conducta”:

  1. El Verdadero Cristiano debe vivir apuntando hacia la meta (v. 24-26). Alguien dijo una vez que en la vida cristiana la idea no es terminar, sino terminar bien. La santidad conductual es la meta que debe motivar cada día que vive el auténtico cristiano. El objetivo no es otro más que ganar. Ningún atleta se prepara para una competencia con el objetivo de perderla. Un preparador olímpico dijo que la diferencia entre los atletas de países con poco rendimiento deportivo y los de alto rendimiento es que los primeros van a las olimpiadas a mejorar su rendimiento, pero los segundos van a ganar. El cristiano no debe vivir cada día sintiéndose satisfecho por mejorar un poco con relación al día anterior, sino que debe enfocar su mirada en el cumplimiento del propósito que Dios tiene para su vida arrancando con determinación todo aquello que le sirva de estorbo. Cuando el creyente desvía su mirada del propósito de Dios para su vida, comienza a golpear al aire. Tal es el caso de aquellos que buscan la santidad en dogmas religiosos o sometiéndose a una larga lista de hacer y no hacer proporcionadas por las iglesias. El resultado es una terrible frustración teológica que termina por apartarlos de la carrera o viviendo una vida de apariencias. El creyente debe reconocer que Dios tiene un propósito individual para su vida que lo incluye todo, cada día debe identificarlo y mantener la vista fija en ese propósito, porque la santidad es directamente proporcional a su cumplimiento. Así pues, si somos consecuentes con la definición de santificación progresiva que hemos mantenido hasta ahora, tendremos que identificar nuestra meta como aquello que Dios desea que logremos en nuestro día. Pero ¿Cómo saberlo? La respuesta está en el primer valor: Permaneciendo “Firmes en los principios Bíblicos”.
  2. El Verdadero Cristiano debe disciplinar su cuerpo para la santidad (v. 27). Lograr la meta implica disciplina. Un atleta se abstiene de todo aquello que amenace su rendimiento por más atractivo y deseable que sea y se somete a aquello que beneficia su rendimiento por más desagradable que sea, esto es disciplina. El verdadero cristiano también disciplina su cuerpo para alcanzar su meta. Hay actitudes que dejar, conceptos que modificar, heridas que sanar, decisiones que asumir, hábitos que desprogramar, etc., los cuales deben ser desarraigados de nuestra vida por más acostumbrados, enamorados y/o acomodados que estemos con ellos; por otro lado, hay nuevas actitudes que alcanzar, nuevos hábitos que instalar, nuevos conceptos que manejar, responsabilidades que asumir, etc., que por más dolorosos e incómodos que puedan parecernos debemos someternos a ellos. Cuando Pablo dice que “golpea su cuerpo y lo domina” la idea allí es que lo somete a disciplina. Es curioso que aquello que se someta sea el cuerpo, pero para efectos de la comparación es con el cuerpo que los atletas ganan las competencias de la misma manera que es con el cuerpo que el cristiano cumple el propósito de Dios para su vida. Si nuestro cuerpo no está bajo disciplina, entonces podríamos estar dispuestos a lograr el propósito, pero no podremos hacerlo. Imagine a alguien con todo el deseo de subir a nuestro “Cerro Ávila”. Esta persona quiere conocer su sierra y ver en ese camino marcado por la brisa, el contraste entre el mar del litoral y la ciudad de Caracas, pero tiene un problema: no ejercita su cuerpo ni come saludablemente, así que tiene sobrepeso y pocas condiciones para subir. Cuando aún esté lejos de la meta, el firme deseo de ver la sierra lo seguirá motivando, pero su cuerpo no tendrá la capacidad para impulsarlo hacia ella y finalmente tendrá que desistir, porque el deseo no tuvo como compañero un cuerpo acondicionado para lograr su sueño. Cuando el Señor Jesucristo estaba en Getsemaní se alejó con sus tres discípulos más cercanos, Pedro, Juan y Jacobo, y en medio de la angustia de la noche más funesta de su vida terrenal les ordenó que “Velaran con él” (Mateo 26:38). Al cabo de una hora los halló durmiendo y les dijo: “¿No pudieron velar conmigo ni siquiera una hora? Velen y oren para que no cedan ante la tentación, porque el espíritu está dispuesto, pero el cuerpo es débil” (Mateo 26:40-41). La idea es que a pesar que el espíritu estaba con toda la voluntad para permanecer firme, el cuerpo no tenía las fuerzas para acompañarlo. El resultado de la poca disciplina se vio al no poder permanecer en pie orando ni siquiera una hora. El cuerpo no fue capaz de respaldar al espíritu.

    Ahora bien, hay tres principios de esta disciplina que no debemos pasar por alto:

    1. La disciplina debe ser ejercida sobre aquellas áreas que lo ameritan. Pablo dice que no golpea al aire, como quien no sabe lo que está haciendo. El golpe del que se habla aquí es certero, justo por debajo del ojo. Los boxeadores saben que el pómulo es un área sumamente sensible, ya que sangra con facilidad y causa gran dolor. Antes de pensar erróneamente, como lo hacían los ascéticos, el asunto no es la autoflagelación, sino la disciplina del cuerpo. La cual debe concentrarse en aquellas áreas que podrían estar entorpeciendo el desarrollo del propósito de Dios en nosotros, hasta desarraigarlas y guiarlo a hacer lo que le beneficia hasta hacerlo un hábito.
    2. La disciplina tiene como fin entrenar al cuerpo para la santidad. Pablo “obligaba su cuerpo a obedecer”. Puede sonar chistoso, pero en la relación entre tu cuerpo y tú ¿Quién manda? Bueno, si no puedes decir que no a las distintas cosas que te hacen mal o que entorpecen tu santidad conductual, entonces el cuerpo manda. Imaginemos a alguien que sabe que ciertos alimentos deben estar fuera de su dieta; cuando van de compras toman ese producto porque no pueden dejar de adquirirlo, siempre con una buena excusa para hacerlo, pero una vez en casa lo toman y se lo comen, porque no pueden evitar comerlo. Esta persona está bajo esclavitud y su cuerpo ha pasado a ser su amo. Entonces debe tomar y golpear exactamente en el área más sensible de la tentación para obligar a su cuerpo a no comer más aquel alimento. La idea del original es “golpeo bajo el ojo mi cuerpo para esclavizarlo permanentemente, en todas las áreas de mi vida.” El sentido es entrenarlo para que cuando la tentación venga el cuerpo responda a mi favor.
    3. La disciplina debe ser ejercida cada día de nuestra vida. No se trata de vivir claros de nuestro propósito hoy, pero mañana no. El asunto es que cada día de nuestra vida debemos vivir sometiendo nuestro cuerpo a la disciplina que implica la santidad progresiva. Pablo termina la idea diciendo: “No sea que habiendo sido preparador de muchos termine sin la capacidad de llegar a la meta.” No podemos darnos el lujo de descuidar nuestra santidad conductual. Preguntas que debemos tener en cuenta como cristianos verdaderos:
      • 1. ¿Cuál es el propósito de Dios para cada área de mi vida? Esto va desde mi hogar, mi sexualidad, mis responsabilidades laborales, mi cuerpo, mis talentos, el uso del dinero, mi relación con los demás, mis sueños, etc.
      • 2. ¿Qué cosas entorpecen el cumplimiento del plan de Dios en cada área de mi vida? Rencores, heridas no tratadas, temores, amargura, adicciones, inmoralidad, excesos, irresponsabilidad, pereza, etc.
      • 3. ¿Qué plan de acción debo seguir para disciplinar mi cuerpo en cada área de mi vida? Buscar ayuda, tomar decisiones que involucren a mis familiares cercanos, establecer hábitos santos, etc.

Recordemos que nuestra santidad se expresa en términos del cumplimiento de nuestro propósito. Así que, nuestro cuerpo debe trabajar para que nuestra conducta sea la más idónea para alcanzar ese propósito. Esto es ser “Santos en Nuestra Conducta”.

Ante esto podemos establecer algunos principios:

  • Todo creyente verdadero debe procurar ser Santo en su Conducta.
  • Debemos tener en cuenta que la santidad no se corresponde con una lista estándar de cosas que debemos hacer o dejar de hacer, sino la disciplina de nuestro cuerpo para alcanzar el propósito individual que Dios tiene para cada cual.
  • La actitud del verdadero cristiano apunta siempre hacia su meta, el cual es el cumplimiento integral del propósito de Dios para su vida.
  • La disciplina del cuerpo nos condiciona para la conducta que se espera del creyente cada día, por lo cual debemos ser certeros, enfocados y persistentes al disciplinarnos.

Preguntas para pensar:

  1. ¿Qué aspectos de nuestra vida debemos considerar para alcanzar el segundo valor de la IBNJ: SANTOS EN NUESTRA CONDUCTA?
  2. ¿Podemos definir con nuestras propias palabras la conducta santa ahora que hemos visto lo que ella implica?
  3. ¿Quién gobierna en nuestra vida? ¿Está nuestro cuerpo bajo control?
  4. ¿Qué estrategias podemos trazarnos para disciplinar nuestro cuerpo y enfocarnos hacia nuestra santidad conductual?
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