Lee Lucas 7:11-17
El punto crítico de un puente, es el mayor peso que éste puede aguantar antes que su estructura sufra daños que lo obliguen a ceder. El punto crítico del agua, está definido como los cambios de estados físicos inevitables, que ésta sufrirá bajo ciertas condiciones de presión y temperatura. Desde este punto de vista, un estado crítico implica cambios necesarios, que nos obligarán a ajustarnos a nuevas condiciones.
El Dr. Norman Wrigth, identifica la aparición de una crisis, “Cuando un problema es abrumador, o cuando nuestro sistema de sostén o apoyo, no funciona y perdemos el equilibrio”. Es decir, Cuando alguna situación supera nuestra capacidad de reaccionar y nos hace perder el control de nuestra vida, entonces estamos atravesando por una crisis. Éstas pueden ser fortuitas o progresivas, pero siempre causan un desequilibrio que demandará un cambio en nuestra manera de ver la vida.
A partir de hoy, comenzaremos a considerar una nueva esfera de los milagros de Jesús. Tal vez, los que más asombro podrían causar y los que mayor evidencia de su poder nos podrían mostrar. Hasta aquí, hemos podido ver su poder sobre el curso de la historia, sobre la naturaleza, sobre todas las necesidades humanas, sobre enfermedades de cualquier tipo y sobre el mundo de las tinieblas que nos asechan. Mas ahora, veremos su poder sobre la muerte y sobre todo el dolor, el vacío y la desesperanza que ella trae consigo.
En el milagro que consideraremos hoy, nos encontraremos con una escena tan triste como cualquier otro acto fúnebre al que pudiéramos asistir. Sólo que en esta oportunidad el dolor es mucho mayor, porque se rompe la línea natural. Aun cuando la pérdida de un ser querido siempre es dolorosa, hay un elemento natural en la idea de que sean los hijos quienes entierren a sus padres, pero cuando el caso es contrario y corresponde a un padre despedir a su hijo, entonces la pena es mucho más abrumadora y los sistemas de apoyo tienden a sufrir un daño mucho más severo.
Este fue precisamente el caso de una marcha fúnebre que una multitud de habitantes, de un pequeño llamado Naín, acompañaba lleno de dolor por la pérdida y por empatía con la desconsolada madre. En dicho acto habría de ser enterrado el único hijo de una mujer, que además era viuda.
CONVERSEMOS SOBRE EL EVENTO
Jesús, que llegaba de Capernaum con un gran grupo de seguidores, se encontró en la entrada de la ciudad con esta caravana mortuoria, la cual estaba llevando el cuerpo de aquel joven a las afueras de la ciudad, para ser sepultado. Ambos grupos se detuvieron y como lo establecía la tradición, aquellos que venían con Jesús, no sólo cedieron el paso, sino que se dispusieron a acompañar a los dolientes como un acto de consideración y respeto a los familiares y amigos del que habría partido. Gritos, lamentos, el sonido de algunos instrumentos y oraciones continuas llenas de dolor, eran los sonidos que cargaban el ambiente de aquella tristísima hora.
Identificar a la madre no fue tarea difícil, puesto que ella debía ir en una posición especial, según lo establecido, vestida con ropas ásperas y llena de cenizas, sin contar que ninguno de los presentes, por cercano que fuera a aquel joven, lo lloraría tan amargamente como lo lloraba ella.
Lucas, capítulo 7, versículo 13 nos relata la reacción de Jesús ante aquella madre, de la siguiente manera:
“Al verla, el Señor fue movido a compasión a causa de ella, y le dijo: No llores.”
Con estas palabras, el Señor habría de mostrarle a esta madre dolida, y a todos los presentes, que:
EN JESÚS TENEMOS EL CONSUELO SUFICIENTE, EN MEDIO DE SITUACIONES DE CRISIS
Podríamos limitar nuestra observación de este evento, sólo al dolor que la pérdida le había causado a esta pobre mujer. Pero en realidad la situación era aun más compleja que esto. Una mujer viuda estaba condenada casi a la mendicidad, si su difunto esposo no le hubiera dejado alguna herencia. Ellas encabezaban la lista de los más vulnerables de la sociedad y su posibilidad de subsistencia estaba ciertamente comprometida por los tiempos de terribles carencias que afectaban aun a aquellos que podían valerse por sí mismos.
Cuando alguna viuda contaba con un hijo que pudiera velar por ella, entonces, éste asumía su cuidado hasta el final de su vida. Tenemos aquí la razón por la que Jesús le encomienda la seguridad de María, su madre, al apóstol Juan cuando iba camino a la cruz. José había muerto y Él era el mayor de los varones de esta familia.
Volviendo a la madre de aquel joven, pudiéramos decir que la crisis que golpeaba su vida, iba más allá de la pérdida de su único hijo, también simbolizaba una amarga marcha hacia su propia muerte.
La reacción de Jesús hacia esta mujer, nos muestra dos principios que están garantizados en Él, cuando le permitimos tomar el control de aquellas situaciones difíciles que nos han llevado al límite de nuestras fuerzas.
El 1er principio nos lleva a contemplar el El Alivio que viene de Jesús, Cuando dejamos a Jesús ser parte de nuestras crisis, Él nos garantiza su compresión y su consuelo.
Notemos la dinámica de la acción de Jesús. Volvamos nuevamente al versículo 13:
“Al verla, el Señor fue movido a compasión a causa de ella, y le dijo: No llores.”
Cuando el Señor la “vio”, la contempló profundamente, evaluando así la situación en toda su extensión. No actuó sin una compresión plena del dolor de esta mujer, así que cuando acudió a ella, lo hizo conociendo, no sólo lo visible, sino también aquello que estaba profundamente guardado en su corazón. Lucas, nos dice que esa comprensión profunda, lo movió a compasión a causa de ella.
Esta “compasión” viene literalmente de un término que implica movimiento de los órganos internos. Es una emoción que viene desde lo más profundo de quien la siente, la cual lo impulsa a actuar en correspondencia a aquello que la motivó. En el Nuevo Testamento, se usa para referirse a la manera como Jesús era movido en función del dolor humano. Desde la concepción pagana, los dioses son incapaces de dolerse por la condición humana. Pero el Dios de la Biblia es definido, como esencialmente amor y en Cristo tenemos la máxima manifestación de ese amor, de su compasión, de su misericordia y de su gracia. Esta mujer estaba ante Jesús, quien podía comprenderla como ninguna otra persona podría hacerlo, y quien podía consolarla con infinito amor, compasión y misericordia.
Ante una situación de Crisis, contar con alguien que nos comprenda, no sólo porque conozca lo que nos ocurre, sino porque puede medir profundamente cómo aquello nos hace sentir, es un recurso invaluable. Y en Cristo lo tenemos. Dejar que intervenga en nuestro dolor, nos dará la oportunidad de expresar, sin temor ni reparo todo aquello que está allí y va más allá de lo que estamos padeciendo.
El 2do principio nos lleva a conocer, La Guía que Viene de Jesús. Cuando dejamos a Jesús ser parte de nuestras crisis, Él garantiza mostrarnos el camino que debemos seguir.
El Señor se acercó a aquella caravana y mirando a la desconsolada madre, le dijo: “No llores”. Esto estaba en contra de los cantos que se acostumbraban a entonar en estas procesiones, los que usualmente animaba a llorar amargamente. Ante la imposibilidad humana hacia la muerte, todos los que acompañaban a esta mujer le animaban a aceptar su pérdida a través del llanto. Pero Jesús, tenía algo mucho mejor para ella, así que al invitarla a no llorar le estaba mostrando que en Él, la muerte de su hijo tendría una solución.
Debemos destacar el tremendo valor terapéutico que tiene el llanto, pero cuando no somos capaces de levantarnos y mirar opciones en medio de una situación abrumadora, ese llanto se hace permanente y ya no es sano. Ante la realidad de esta madre, este llanto iba a ser permanente, porque desde una perspectiva humana, no habría una solución posible.
Lo siguiente que hizo el Señor fue detener la marcha. Vemos el versículo 14:
“Y acercándose, agarró el féretro, de manera que los que lo llevaban se detuvieron. Y dijo: Joven, a ti te digo: ¡Levántate!”
Los féretros de aquella época eran una especie de camilla hecha con mimbre en la que yacía el cuerpo envuelto. Jesús la tomó por unas de las bases sobresalientes e impidió que pudieran seguir avanzando. Inmediatamente le dijo al cuerpo de aquel joven: “Levántate”, el término da la idea de, sean recuperadas tus facultades para ponerte de pie. En lenguaje sencillo, el Señor le devolvió la vida, su aliento de vida, su vitalidad, su esencia espiritual y su funcionalidad orgánica ¡Este joven volvió a vivir, biológica y espiritualmente!
Lucas termina el relato de la siguiente manera.
“ Y el muerto se incorporó y comenzó a hablar. Y lo entregó a su madre.”
Al hablar, este joven estaba mostrando que era él mismo quien había vuelto. No es posible imaginar la alegría que aquella madre pudo sentir, cuando el Señor le devolvió vivo a su hijo.
En el Salmo 32:8, David atravesaba una situación terriblemente dolorosa y confusa en su vida. En medio de esa situación el Señor le dijo:
“Te haré entender y te enseñaré el camino en que debes andar, Sobre ti fijaré mis ojos, y te aconsejaré.”
En medio de una crisis, es necesario detener nuestro avance. Expresar nuestras emociones y evaluar nuestras opciones. Cada paso tiene un proceso que debe hacerse en compañía de aquellos que el Señor ha puesto a nuestro lado para avanzar, aquellos que nos acompañarán a buscar hasta encontrar, ese alivio y esa guía que Jesús garantiza a todos cuantos le permiten ser parte de sus situaciones difíciles.
REFLEXIONEMOS SOBRE LO ANTERIOR
La pregunta es ¿Estás atravesando alguna situación que supera tus fuerzas? ¿Estás ante algún problema que ha debilitado tus bases y amenaza con derrumbarte? Deja que Jesús sea parte de esta situación. Exprésale sin temor tus sentimientos y déjale que te guíe en medio de este valle.
OREMOS
Toma un tiempo para presentarte ante el Señor en oración. Te animo a darle a Jesús el control de tu crisis. En Él encontrarás comprensión, consuelo restaurador, orientación y compañía segura, hasta que logres atravesar tu desierto.




