Lee Mateo 9: 18-19 y 23-26; Marcos 5:21-24 y 35-43 y Lucas 8: 40-42 y 49-56
Una antigua fábula narra la historia de dos ranas que cayeron en un hoyo muy, muy profundo. Ambas comenzaron a saltar y a escalar para tratar de salir de él, pero les era imposible. En medio del esfuerzo, otra rana se asomó en aquel agujero, y al darse cuenta de la situación de sus compañeras, comenzó a auparlas.
Luego se unió otra, y luego otra, y otra más, hasta que en la entrada del hoyo se aglomeró un gran número de ranas que trataban con gritos, de guiar y ayudar a estas dos desventuradas ranitas.
Pasado ya mucho tiempo, las ranas congregadas en aquel lugar, se dieron cuenta que todos los esfuerzos por rescatar a sus compañeras eran inútiles, así que comenzaron a gritarles que abandonaran la lucha. Todo estaba perdido y ya no había razones para seguir esforzándose.
Los gritos de desaliento que se oían desde aquella entrada, lograron hacer que una de las ranas aceptara la derrota y dejándose caer murió con el impacto, pero la otra parecía cobrar cada vez más fuerza. Y a pesar de los gritos cargados de pesimismo que recibía, no paró de luchar hasta que, contra todo pronóstico, logró salir de aquel profundo hoyo.
Todas las ranas la recibieron llenas de alegría y asombro, y le preguntaban cómo lo había logrado. Pero la heroica rana no respondió, sino que con señas les hizo entender que era sorda.
La esperanza pudiera ser considerada una locura en medio de ciertas condiciones. Muchos al vernos enfrentar las terribles luchas que hoy azotan nuestra vida pudieran, con las mejores intenciones, sugerirnos que nos demos por vencidos. Pero en la medida que hemos ido descubriendo el alcance y la magnitud del poder de Jesús, también hemos podido contemplar que su autoridad y su voluntad siempre tienen la última palabra.
En el milagro que veremos hoy, nos encontraremos con un padre que luchó incansablemente contra los enemigos de su fe. Pero al final, y contra todo pronóstico, su encuentro con Jesús lo llevó a una experiencia victoriosa, la cual sirve de ejemplo para que nosotros nos mantengamos luchando de la manera correcta, aun cuando nuestra causa carezca de sentido.
Una vez más, estamos ante un relato narrado por los tres evangelios sinópticos. Mateo 9: 18-19 y 23-26; Marcos 5:21-24 y 35-43 y Lucas 8: 40-42 y 49-56, son las referencias que nos narran este evento, en el que el principal de una sinagoga se encuentra con Jesús.
CONVERSEMOS SOBRE EL RELATO
Cuando el Señor liberó a los endemoniados en Gadara, fue obligado a dejar aquella región. Así que, se devolvió con sus discípulos al otro lado del mar de Galilea, posiblemente a Capernaum. Allí una gran multitud de personas lo esperaban para seguirle. Entre aquella multitud, se abrió paso un principal de la sinagoga, de nombre Jairo.
Los tres evangelistas nos señalan que al estar en la presencia de Jesús, Jairo cayó de rodillas a sus pies como señal de reverencia. Esta acción era supremamente extraña para un líder de la sinagoga, puesto que ya a esta altura Jesús era visto por los líderes religiosos como un hereje. Así que, sin importar su posición, cualquier judío corría el peligro de ser excomulgado por el mero hecho de andar con Jesús. Cuánto más, si se sabía que se había postrado ante su presencia.
Pero el dolor y la desesperación eran tal, que el orgullo, los prejuicios y las consecuencias pasaron a un segundo plano. Este hombre acudió a Jesús, porque sabía que era su única esperanza.
El problema que trajo a Jairo hasta Jesús, fue una terrible enfermedad que tenía a su hija al borde de la muerte. Según Marcos, su hija estaba en el último aliento.
Su situación era tan apremiante, que en el tiempo que tardó en encontrarse con Jesús, su hija efectivamente murió.
El Señor, atendió con gran interés el clamor de aquel padre desesperado. Cariñosamente extendió sus brazos y lo levantó y lo tranquilizó. Y luego con una discreta seña le indicó a sus discípulos que habrían de seguir a Jairo hasta su casa. Jesús, estaba a punto de demostrarle a este padre que había sido capaz de renunciar a todo por amor, que:
EN JESÚS TENEMOS GARANTÍA DE VICTORIA AUN EN MEDIO DE NUESTRAS CAUSAS PERDIDAS
Las causas perdidas son responsables de hacernos ver como imposible, que alguna situación determinada resultará a nuestro favor.
Un diagnóstico inesperado, la inminente ruptura de una relación matrimonial, condiciones sociales que nos imposibilitan ver alcanzadas nuestras metas y cumplidos nuestros sueños, una lucha interminable contra estados depresivos, una conducta adictiva que no hemos podido vencer y cosas semejantes a estas, son capaces de hundirnos en el pozo de la desesperación, llevándonos a sentir que no existe salida para nuestra condición.
Pero hoy vamos a ver, a través de la experiencia de Jairo, dos principios claves, para poder alcanzar la victoria en esos momentos cuando no hay esperanza.
El 1er principio lo llamaremos, El Principio de Soberanía. Debemos reconocer que la soberanía de Jesús está por encima de cualquier situación, por desesperanzadora que parezca.
Jesús es Dios y reina sobre todas las cosas. Lo cual quiere decir, que no hay nada que se escape de su alcance ni que esté fuera de su voluntad. Así que, ante todo lo que experimentemos en nuestra vida, debemos aprender a sujetarnos a su soberanía.
Jairo era un principal de la sinagoga, y al llegar hasta Jesús, la gente que estaba agolpada alrededor del Él, le despejó el camino. Pues, además de ser un hombre respetable, gozaba de una altísima posición en la sociedad, debido al cargo que ocupaba. Pero aun así, Mateo, 9:18 nos relata que al llegar hasta Jesús, “…se postraba ante Él, diciendo: Mi hija acaba de morir, pero ven, pon tu mano sobre ella, y vivirá.” Aquí hay tres marcas de reconocimiento de la soberanía de Jesús que no debemos pasar por alto.
Primero, Jairo cayó de rodillas ante Él. El término usado por Mateo para referirse a este estado de postración, da la idea de caer de rodillas en actitud de adoración. No fue una simple reverencia, Jairo estaba aceptando las cualidades mesiánicas de Jesús y su divino poder al depositar su confianza en Él.
Segundo, Jairo se despojó de su posición. Cuando llegamos ante el Señor reconociendo su soberanía, debemos dejar de lado todo aquello que nos impida caer rendidos ante ella. Como ya lo hemos visto, era mucho lo que estaba en juego para Jairo. Pero aquella situación sería una ventana que lo llevaría a conocer de manera personal y directa la gloria del Dios invisible. Así que, en medio de su dolor, este padre no permitió que su orgullo lo cegara, que sus prejuicios lo condicionaran, que sus temores lo abrumaran ni que sus superiores lo intimidaran. Cayó de rodillas ante Él reconociendo que estaba totalmente en sus manos.
En tercer lugar, Jairo reconoció la deidad de Jesús. Si notamos la petición de Jairo podremos ver la idea que tenía acerca de Jesús: “…ven, pon tu mano sobre ella, y vivirá.” Esta no es una petición que se le hace a un hombre común, sino más bien es un ruego que se eleva al único Dios, que tiene autoridad sobre la vida y la muerte. Lucas nos aclara que su actitud era de ruego, así que no hubo ninguna imposición, sino una absoluta entrega a su voluntad.
Ante cada situación abrumadora que debamos enfrentar, aun cuando puedan ser vistas como causas perdidas, debemos caer de rodillas ante la soberanía de Jesús. Él tiene poder y autoridad para cambiar radicalmente aquello que estemos viviendo, pero también puede cambiar radicalmente nuestra manera de enfrentarlo. Así que, al someter nuestra vida a su soberana voluntad, confiamos en que, aunque Él decida manifestarse milagrosamente o no, siempre nos guiará hacia la victoria.
El 2do principio lo llamaremos, El Principio de Seguridad. Cuando acudimos a Jesús, Él atenderá nuestra necesidad a pesar que las circunstancias parezcan complicarse cada vez más.
Debemos decir que a veces, el Señor permite que las cosas se complique un poco más de lo normal, para fortalecer nuestro carácter, reforzar nuestra paciencia y refinar nuestra fe.
Cuando el Señor se dispuso a seguir a Jairo hasta su casa, sucedieron algunas cosas que retrasaron su avance. En primer lugar, estaba la multitud, que Marcos 5:24 y Lucas 8:42, dicen que lo apretaban. El término sugiere estrangulamientos, es decir, lo tenían atrapado entre ellos. Caminar era una tarea sumamente difícil, lo cual hacia muy lento el avance. En segundo lugar, estuvo el encuentro con la mujer del flujo de sangre. La necesidad de Jairo, estuvo entrelazada con este relato que consideramos en su momento. Recordemos que esta mujer no gozaba de la aceptación y el respeto popular de Jairo, por lo que debió abrirse paso entre la multitud con muchísimo esfuerzo para tocar secretamente el manto del Señor. Pero Jesús al saber que alguien lo había tocado, no quiso dejar pasar inadvertido aquel milagro. Esta situación pudo durar mucho más tiempo del que Jairo sentía tener.
Todo esto fue sin lugar a dudas una prueba al carácter y la paciencia de este hombre.
Pero el asunto se complicó cuando, en palabras de Marcos 5:35, sucedió lo siguiente:
“Todavía estaba hablando Jesús (con aquella mujer), cuando llegaron unos hombres de la casa de Jairo, jefe de la sinagoga, para decirle: —Tu hija ha muerto. ¿Para qué sigues molestando al Maestro?”
Ahora, sería la confianza de Jairo la que comenzaría a ser probada. El pensamiento de estos emisarios, era que tal vez Jesús podía sanar a un enfermo, pero resucitar a un muerto, eso era causa perdida. Seguramente al oír estas palabras, Jairo, que guardaba la esperanza de ver sana a su hija, cayó lleno de dolor y desesperanza al suelo. De pronto, estando allí oyó las palabras del maestro, que según Lucas 8:50, dijo: “No temas; solamente sigue creyendo y será salva”.
Estas palabras hicieron que corriera un frío intenso dentro de Jairo, que le estremeció desde lo más profundo de su ser. De pronto, todo el terror que aquella trágica noticia le había causado, ya no existía más. Fue como si el poder con que la muerte lo había estado torturando desde aquel día en que su pequeña hija comenzó a empeorar, le hubiera sido quitado. Y con un valor y una paz que nunca antes había experimentado, se levantó para continuar su camino a casa.
Lucas termina el relato de la siguiente manera. Versículos 51-55:
“Y entrando en la casa, a nadie permitió entrar consigo, sino a Pedro, a Juan y a Jacobo, y al padre y a la madre de la joven. Y todos lloraban y lamentaban por ella. Pero Él dijo: No lloréis, porque no ha muerto, sino duerme. Y se reían de Él, sabiendo que había muerto. Pero Él, tomando su mano, clamó, diciendo: ¡Niña, levántate! Y su espíritu volvió, y al instante se levantó; y ordenó que se le diera de comer.”
El carácter de Jairo, su paciencia y su fe fueron fuertemente probados. Pero al final del camino, fueron también recompensados por el poder y la autoridad de Jesús. El efecto de las palabras: “No temas; solamente sigue creyendo”, dichas por Jesús, nos llevan a recordar aquellas dichas por Pablo a los Filipenses en el capítulo 4, versículos 6 y 7: “No se inquieten por nada; más bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios y denle gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús.”
Al igual que con Jairo, Jesús puede hacer que nuestras causas perdidas terminen siendo un trampolín hacia la victoria. Este principal de la sinagoga de Capernaum, ya no volvería a ser el mismo de antes, ni su esposa ni su pequeña hija. De la misma forma que ninguno de nosotros lo seremos, si aprendemos a descansar en medio de nuestras luchas, en la soberanía y en la seguridad de Jesús.
REFLEXIONEMOS SOBRE LO ANTERIOR
La pregunta es ¿Hay en tu vida causas perdidas? Si estás luchando contra enemigos tan grandes que no puedes vencer y que con el tiempo se van haciendo cada vez más fuertes, entonces es el momento de caer de rodillas ante Jesús reconociendo su soberanía; depositar en sus manos tus batallas y aprender a descansar cada día en la seguridad que sólo Él puede brindarte.
OREMOS
Toma un tiempo para presentarte ante el Señor en oración. Te animo a llevar ante Jesús tus causas perdidas. Él tiene el poder para levantarte y llevarte a vencer contra todo pronóstico.




