Lee Mateo 8:14-15; Marcos 1:29-31; Lucas 4:38-39
Max Lucado en su libro “Como Jesús”, nos relata la historia de un hombre que cuidaba un faro en el siglo XVII. Este recibía el aceite suficiente para mantener la llama ardiendo por un mes completo. Como tenía cerca un poblado, era visitado de manera periódica por las personas que vivían allí. En cierta ocasión un hombre que lo visitaba le suplicó un poco de aceite, puesto que no tenía suficiente para mantener el calor dentro del hogar.
En otra ocasión, una anciana le pidió otro poco, para poder encender su estufa y así alimentarse. Más adelante, durante una noche lluviosa, otro hombre le pidió auxilio; necesitaba aceite para lubricar las ruedas de su carroza, y así poder llegar a casa.
“¿Quién se negaría a tan loables peticiones?” pensó aquel vigía.
En su disposición de ayudarlos a todos perdió de vista el propósito por el cual había recibido el aceite. Así que, pasado algunos días llegó el inevitable momento en el que la llama del faro se extinguió. Esa noche muchos barcos se estrellaron causando terribles pérdidas. El cuidador, al ser confrontado por sus superiores, explicó las razones que lo movieron a compartir el aceite, pero la respuesta simplemente fue: “Hiciste mal, pues el aceite tenía un objetivo claro: mantener la llama ardiendo”.
La señal en la que nos ocuparemos el día de hoy, tiene la intención de hacernos pensar un poco en el para qué tenemos lo que tenemos. Es decir, toda bendición que el Señor nos ha dado, espiritual, emocional y física, tiene una razón de ser. Aun nuestra vida tiene un propósito y si no lo estamos desarrollando efectivamente, entonces no estamos garantizando que la luz de nuestro faro pueda permanecer encendida.
En Galilea, específicamente en Nazaret, Jesús recibió una terrible oposición de los principales de la sinagoga, por lo que se fue hasta Capernaum, donde estableció su residencia. Estando en Capernaum, llegó hasta la sinagoga y comenzó a enseñar dejando a todos sorprendidos por la autoridad con que lo hacía. La soberanía mostrada por Jesús era tal, que hasta los espíritus inmundos se sometían a su voz. Esto causó gran conmoción en aquella provincia y en las poblaciones cercanas.
Aquel día, al salir de la sinagoga, Jesús, Pedro, Juan y Andrés se fueron a la casa de Pedro. Al llegar, los discípulos le contaron de la condición de la suegra de Pedro que estaba siendo azotada por una fiebre, que en palabras del médico Lucas, era de las más severas.
Tomando los relatos de Mateo 8:14-15; Marcos 1:29-31 y Lucas 4:38-39, esta enfermedad había llevado a la suegra de Pedro a un estado de postración total que podría, sin lugar a dudas, llevarla hasta la muerte.
CONVERSEMOS SOBRE EL EVENTO
Cuando los cuatro discípulos de Jesús le contaron acerca del problema y le rogaron para que interviniera en esta situación, el Señor lo hizo, demostrando en aquel hogar que:
EN JESÚS TENEMOS UN NUEVO PROPÓSITO PARA VIVIR Y LA CAPACIDAD PARA ALCANZARLO
Hay tres principios que podemos extraer de este relato, que nos ayudarán a ver en Jesús esa razón de vivir que requerimos para continuar con un enfoque claro.
El 1ro de estos principios es, Cuando las fuerzas para vivir se han agotado, podemos acudir a Jesús con absoluta confianza. Marcos 1:30 nos relata el evento en la casa de Pedro de la siguiente manera:
“La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y en seguida se lo dijeron a Jesús”
Podemos ver que la vitalidad de aquella mujer se estaba disipando gradualmente producto de esta enfermedad. Mateo 8:14, nos habla de la manera como el Señor la vio: “…vio a la suegra de éste postrada en cama y con fiebre”. Es decir, totalmente derribada. Estaba como quien no posee ninguna voluntad para si quiera moverse. Tal era su condición, que más adelante cuando el Señor se acercó a ella, Marcos nos dice que la “levantó” y el término que utiliza da la idea de reanimar a alguien que está como si estuviera muerto.
Ante la impotencia que la familia podía sentir al ver el estado de esta mujer, los discípulos no dudaron en manifestar al Señor la necesidad que tenían de su intervención.
Hay muchas situaciones que podrían dejarnos en un estado de postración tan similar como el que esta mujer estaba experimentando.
No sólo aquellas de carácter físico, sino también las que son de tipo espiritual y emocional. Pero el principio es claro, aunque atravesemos por momentos de depresión, muy comunes en estos tiempos, o por situaciones tan frustrantes que no sabemos cómo abordar, debemos venir a Jesús. Él no sólo está deseoso de atender nuestra situación, sino que además es el único que puede levantarnos de nuestra decadencia vital.
El 2do Principio es, El poder de Jesús no sólo nos abre nuevos caminos, sino que además nos adecúa para transitarlos. Al entrar en escena, el Señor realizó cuatro pasos que no debemos pasar por alto.
En primer lugar “se inclinó sobre ella” (Lucas 4:39); esto lo hizo en señal de empatía, cercanía y amor. La presencia cariñosa de Jesús, dispuso toda su atención sobre la suegra de Pedro.
En segundo lugar, “la levantó” (Marcos 1: 31); es decir, la despertó. La incorporó nuevamente a la vida. Es como si el Señor al levantarla la hubiera reanimado.
En tercer lugar, “le tomó fuertemente de la mano”. Esta acción le dio firmeza a la mujer convaleciente al mismo tiempo que la puso en contacto directo con su salvador.
Y finalmente, “ordenó a la fiebre que la dejara” (Lucas 4:39). De la misma forma que lo hizo con el viento en aquella tormenta y como lo hizo con los demonios, ahora el Señor muestra su autoridad sobre la enfermedad que azotaba a aquella mujer, la cual le dejó en el acto. Su sanidad fue tan absoluta, que inmediatamente comenzó a servir a Jesús y a los demás.
Cuando acudimos a Jesús en medio de nuestras decepciones, en Él encontraremos a un Dios de amor tan cercano que nos inunda con su paz; a un Salvador tan poderoso que nos levantará en medio de nuestra desesperanza; a un amigo tan confiable que nos dará su apoyo para no caer y a un Señor tan soberano que no habrá condición, tristeza, temor o crisis que no tenga que cesar ante su presencia.
Y el tercer principio es, Toda bendición que el Señor nos da, tiene como objetivo prepararnos para servirle. Así como aquel hombre del relato inicial, el Señor nos ha dado bendiciones para cumplir con un propósito, el cual siempre estará enmarcado en la esfera del “servicio”. Llama la atención que los tres evangelistas nos relatan que la suegra de Pedro, al ser sanada “comenzó a servirles”. Fue una acción inmediata. Esta mujer entendió que la salud que le había sido devuelta, tenía como propósito el ser de bendición a otros.
El resultado de este milagro, debe llevarnos a revisar cuántas bendiciones nos ha dado el Señor. La vida, la salvación, la salud, la familia, etc. Ciertamente hemos recibido abundantemente de su gracia y amor, por lo cual debemos estar humilde y profundamente agradecidos. Ahora bien, es necesario que sepamos que las bendiciones de Dios, todas y cada una de ellas, son el medio a través del cual Él nos capacita y provee de todo cuanto requerimos para vivir en el propósito que tiene para nosotros.
REFLEXIONEMOS SOBRE LO ANTERIOR
¿Cómo está tu ánimo en estos momentos? Cuando ves al futuro ¿Puedes hacerlo con esperanza? O ¿sólo alcanzas a ver un ambiente nublado? Deposita todo tu dolor, tus temores tus angustias y tus tristezas en las manos de Jesús. Pues Él tiene para ti un propósito y desea conducirte a alcanzarlo plenamente.
OREMOS
Toma un tiempo para presentarte ante el Señor en oración. Te animo a revisar todas las bendiciones que Jesús te ha dado. Ellas pretenden darte un propósito y prepararte para cumplirlo. Si no estás sirviendo a este propósito, entonces es cuestión de tiempo para que tu faro, sencillamente, se apague.




