Lee Mateo 20:29-34, Marcos 10:46-52 y Lucas 18:35-43
El teólogo Escocés, Samuel Rutherford, tuvo que atravesar situaciones sumamente dolorosas en su vida. A sus cinco años de matrimonio su esposa enfermó y murió. Sus dos hijos también murieron en este período. Tiempo después, fue desterrado por el rey de Inglaterra y vuelto prisionero en el palacio. Yendo hacia su destierro, escribió las siguientes palabras:
“¡Alabado sea Dios por el martillo, la lima y el horno!”
Si analizamos un poco esta frase, podremos ver que el martillo sirve para dar forma al hierro, la lima lo libera del óxido y el horno lo forja. Cada herramienta que usa el herrero tiene un propósito claro. Pero si le preguntáramos a la lámina de hierro como se siente al ser tratada, tal vez nos contaría de su insoportable dolor. Mas ella, siempre debe tener presente que el herrero sabe lo que hace y si quiere sacar provecho de este proceso, entonces deberá rendirse por entero al herrero y dejar de quejarse.
La forja, suele presentarse de distintas maneras. Una situación de salud difícil de atender, situaciones financieras que nos oprimen, metas y sueños que parecen imposibles de alcanzar, la pérdida repentina de un ser querido, un matrimonio fracturado, un hijo en franca rebeldía, un estado depresivo que no termina de ser superado, la lucha contra una actitud pecaminosa que continuamente nos domina, etcétera. Cuando nos toca tomar el papel de esa lámina de hierro que será forjada por las herramientas del herrero, debemos confiar en que el Señor sabe bien lo que está haciendo.
En el milagro que consideraremos hoy, nos encontraremos con dos ciegos que fueron forjados por el martillo de su condición, limados con el desprecio de la sociedad y sometidos al horno de su inevitable miseria. Pero al tener la oportunidad de llegarse a Jesús, mostraron un ejemplo de sujeción y persistencia, digno de ser imitado. El milagro es relatado por los tres evangelios sinópticos.
Es decir, lo hallamos en Mateo 20:29-34, en Marcos 10:46-52 y en Lucas 18:35-43. De los cuales, sólo Mateo nos hace referencia a los dos ciegos, mientras que Marcos y Lucas nos mencionan a uno de nombre Bartimeo, quien fue el que llevó la voz principal en todo el relato. Otro dato interesante está en el hecho de que Mateo nos narra el evento en la entrada de Jesús a Jericó y Marcos y Lucas se refieren a la salida.
Esta aparente diferencia tiene su explicación en que la visión de Mateo está sobre la antigua ciudad de Jericó, que fue la primera en ser conquistada por los judíos en el tiempo de Josué. Recordemos que Mateo le escribe, principalmente a los judíos. Por su parte Marcos y Lucas se refieren a la ciudad de Jericó edificada por Herodes el Grande, la cual estaba a cierta distancia de la antigua que nunca más se volvió a edificar.
CONVERSEMOS SOBRE EL EVENTO
En los tres relatos tenemos el hecho de que Jesús estaba rodeado de mucha gente y pasó cerca de donde estaban los ciegos tirados en el camino mendigando. Esto nos muestra de entrada la condición real que estos hombres tenían. Lucas, nos dice que al oír el alboroto, uno de ellos, posiblemente Bartimeo, preguntó qué era aquello que ocurría. Al enterarse comenzaron a gritar para llamar la atención de Jesús hacia ellos. En la respuesta de Jesús a estos dos hombres de miserable condición, logramos ver que:
JESÚS PUEDE VOLVER NUESTRAS TRIBULACIONES EN EVIDENCIAS DE SU GLORIA
Él es el herrero y no sólo sabe lo que hace, sino el para qué lo hace. Como lo hemos visto a los largo de estas reflexiones, Jesús puede obrar un milagro poderoso sobre aquello que nos perturba, cambiando por entero nuestra condición. Pero también puede usar su poder para fortalecernos, guiarnos y mantenernos gozosos a pesar de las pruebas que estemos atravesando.
Recordemos siempre: Él sabe lo que hace. Y tiene perfecto control sobre aquello que desea forjar en nuestra vida.
Veamos en la actitud de estos hombres ciegos, tres principios que deben desarrollar todos aquellos que desean buscar efectivamente a Jesús en medio de las pruebas.
El 1er principio es, El Principio de Petición Cuando estamos frente a situaciones que superan nuestras capacidades, debemos acudir a Jesús. Estos hombres tirados en el camino, al oír que Jesús pasaba cerca de ellos no perdieron tiempo. Mateo nos narra su actitud de la siguiente manera:
“…al oír que Jesús estaba pasando, gritaron, diciendo: ¡Señor, ten misericordia de nosotros, Hijo de David!”
Tanto en Mateo como en Marcos, el término gritar, da la idea de un clamor profundo. El Profesor Samuel Pérez Millos define este término “clamar”, como una forma de oración que tiene más en cuenta el derramarse del alma que las palabras con que se expresa. El mismo Señor nos manda a clamarle, garantizando una respuesta de su parte.
En Jeremías 33:3 se nos dice:
“Clama a mí y yo te responderé y te enseñaré cosas grandes y ocultas, que tú no conoces.”
Las oraciones dichas de memoria o de manera ritualista, no tienen garantía bíblica de respuestas, pero el clamor del necesitado que acude a Jesús, sí. Ahora bien, en el clamor de estos hombres también resulta interesante de resaltar, que esos gritos incesantes y llenos de necesidad, pedían “misericordia”. Ya hemos dicho que este término implica literalmente, poner el corazón en la miseria del otro. Es decir, estos hombres le pedían a Jesús que pusiera el corazón en su miseria y que actuara en consecuencia.
Cuando clamamos siendo consientes de nuestra insuficiencia, entonces estamos dejando el control de todo cuanto estamos viviendo al Señor. Notemos la forma como se dirigieron a Jesús. Le dijeron “Señor” e “Hijo de David”. De esta manera le reconocieron como Dios y como el Mesías. Es decir, tenían toda la confianza en que la solución a su problema estaba en Él. No luchemos sólos contra las situaciones que se presentan en nuestra vida. Clamemos al que tiene el control sobre el martillo, la lima y el horno. Reconozcamos nuestra insuficiencia y rindámonos ante su soberanía.
El 2do principio es, El Principio de la Perseverancia. “Buscar a Jesús, siempre tendrá voces que tratarán de distraernos de nuestro objetivo. Debemos luchar hasta superarlas.” Los tres evangelios nos señalan que la reacción de aquellos que seguían a Jesús, fue intentar callar a estos dos ciegos. La idea deja ver que trataron de ejercer cierta autoridad sobre ellos, para que se callaran en el acto. Observemos su respuesta:
“…pero ellos gritaban más, diciendo: ¡Señor, ten misericordia de nosotros, Hijo de David!”
No debemos ignorar que cada vez que vayamos ante el Señor para expresarle nuestras necesidades; cuanto más grande sea nuestra tribulación y mayor necesite ser la manifestación de su gloria; así también mayores serán los obstáculos a nuestra oración. La consigna es, Ante mayores obstáculo, mayor intensidad en la oración.
Causa gracia hablar con personas que tras dos días de dieta y ejercicios, pretenden tener resultados visibles en su apariencia física. De la misma manera ocurre cuando oramos un par de veces por alguna situación y desistimos, porque no vimos una respuesta inmediata o porque los obstáculos aparecieron añadiendo más peso a las dificultades. La actitud de estos hombres fue, no parar de clamar al Señor hasta que obtuvieron una respuesta de Él. Sus oídos se mantuvieron cerrados a todas las voces que trataban de callarlos. Es decir, sencillamente nunca bajaron la guardia.
El 3er principio es. El Principio de la Perspectiva. Toda petición que llevemos ante Jesús, debe centrarse en la capacidad para ver efectivamente su presencia y voluntad en medio de nuestra necesidad. Jesús se detuvo y mandó a que le trajeran a aquellos ciegos. Marcos nos dice que al oír el llamado del Señor, Bartimeo se levantó y dejó su capa. La capa tenía un valor altísimo para un ciego como este, pues además de ser su abrigo ante las frías noches, era también el lugar donde colocaban las limosnas que iban recogiendo. Dejarla atrás, era una señal de desprendimiento de esa vida que ahora ante la respuesta del Señor ya no volvería más.
Ellos estaban seguros que su Señor, el Hijo de David, tal como estaba profetizado, devolvería la vista a los ciegos.
Al estar frente a ellos, Jesús le pregunta:
“¿Qué queréis que os haga?” A lo que ellos respondieron: “Señor, que sean abiertos nuestros ojos.”
Y tenemos aquí una lección que vale la pena rescatar. En medio de nuestras tribulaciones, debemos pedir al Señor que abra nuestros ojos espirituales, para que podamos ver aquello que Él está haciendo a través del martillo, la lima y el horno. Al ser capaces de ver, no el dolor del momento, sino el resultado final de las pruebas por las que estamos atravesando, entonces podremos comprender dónde está el Señor y cuáles son sus planes para nuestra vida.
REFLEXIONEMOS SOBRE LO ANTERIOR
La pregunta es ¿Estás siendo forjado en el taller del herrero? Lleva ante Él tus necesidades, insiste a pesar de los obstáculos y procura esa visión que te permita conocer el resultado final. Y el Señor, de la misma forma que actuó con estos hombres ciegos, manifestará todo su amor hacia ti y tu necesidad, cambiando tu tribulación por su gloria.
OREMOS
Toma un tiempo para presentarte ante el Señor en oración. Te invito a llevar ante el Señor aquello que te angustia. Tu dolor, tus temores y tus heridas, llévalas ante Él. Recuerda que Él sabe lo que hace y quiere que tú le permitas le usar tus tribulaciones, para manifestar sobre ti su gloria.




