Lee Juan 5:1:9
No hay nada peor que sentir que alguna situación difícil se escapa de nuestro control sin poder hacer nada. Horatio Spaffort, escribió el himno “Alcancé Salvación,” después de haber vivido tiempos muy duros. Primero, vio morir a su único hijo varón por causa de la fiebre escarlata y meses más tardes lo perdió todo en el gran incendio de Chicago.
Para despejarse, organizó un viaje a Europa al que mandó a su familia adelante, pero el buque en el que viajaban fue embestido por otro y se hundió. En el accidente murieron sus cuatro hijas y sólo su esposa se salvó. De camino a Europa, para encontrarse con su esposa, el capitán del barco que llevaba a Spaffort, le mostró el lugar donde sus cuatro hijas habían muerto. Y allí, ante aquel mar profundo, sepulcro de sus cuatro hijas, el Señor le consoló con la letra de este maravilloso himno.
“De paz inundada mi senda esté.
O cúbrala un mar de aflicción.
Cualquiera que sea mi suerte diré.
Estoy bien, Tengo paz ¡Gloria a Dios!”
El milagro que consideraremos hoy, trata de esa minusvalía que a veces escolta a nuestras pruebas. Esa sensación de impotencia que nos embarga cuando vemos que todo cuanto tenemos, deseamos o merecemos, sencillamente se escapa de nuestras manos. Hoy conoceremos a un hombre paralítico desde hacía treinta y ocho años, que había perdido todas las esperanzas, no sólo de volver a caminar, sino también de vivir. Y cómo, estando en la cresta de su impotencia, tuvo un encuentro inolvidable con Jesús.
Este evento está contenido dentro de las siete señales milagrosas que Juan registró en el evangelio que lleva su nombre, en el capítulo 5, versículos 1-9. La historia comienza con la llegada de Jesús a Jerusalén para participar en una de las fiestas de los judíos. No se nos dice cuál, pero sí sabemos que todo judío mayor de veinte años, debía acudir a Jerusalén para participar de tres fiestas: La Pascua, El Pentecostés y la Fiesta de los Tabernáculos. Así que Jesús estaba allí, para ser parte de una de estas tres celebraciones.
CONVERSEMOS SOBRE EL EVENTO
Al llegar, Jesús se dirigió al estanque de Betzatá, también llamado Betesda, que tradicionalmente es traducido como “Casa de Misericordia”. Este era un sitio donde enfermos de todo tipo acudían con la esperanza de ser sanados. Algunos lo asocian con un sanatorio religioso que los griegos dedicaban a Asclepio o Esculapio, el dios de la medicina y las curaciones. En las columnas o pórticos que rodeaban el estanque, estaban echados una multitud de enfermos ciegos, cojos, paralíticos esperando con ansias una cura milagrosa. Era un cuadro totalmente deprimente de miseria humana, que dejaba ver sus penas tanto físicas como emocionales.
Como era de esperarse, aquel estanque estaba lleno de historias fantásticas y de supersticiones, tantas como necesitados había. Algunos creían que al dormir allí, Esculapio vendría en sus sueños a sanarlos y se levantarían totalmente libres de sus males; otros interpretaban el burbujeo natural de la fuente como una manifestación divina, en la que un ángel venía de tiempo en tiempo y agitaba las aguas, y el primero que descendía a ellas quedaba absolutamente sano. Esta última, parece ser la creencia del paralítico que Juan nos menciona en su relato. Aprovechemos la oportunidad para aclarar que Juan no está dando por cierta ninguna de estas creencias populares, sino que ubica a sus lectores en la condición absolutamente estéril de aquel hombre, para conseguir su sanidad a través de los medios que estaba utilizando.
La razón por la cual Jesús llegó a aquel lugar no nos es revelada de manera directa, pero entendiendo el propósito de Juan al relatarnos las siete señale milagrosas de su libro, podemos deducir que tenía la intención de encontrarse con aquel paralítico en especial, para enseñarnos que:
JESÚS, ES SEGURIDAD Y FORTALEZA EN MEDIO DE NUESTRA IMPOTENCIA
Nuestro cero en las matemáticas de Jesús, es igual a infinito. Esta era una lección que aquel paralítico echado en el estanque de Betesda debía aprender y que nosotros también lo haremos hoy, a través de dos peligros que están presentes en esos momentos en los que la impotencia nos envuelve.
El 1er peligro es, El peligro de la Superstición. Cuando atravesamos por alguna situación que supera nuestra capacidad de enfrentarla, somos más vulnerables a creer y a aceptar cualquier cosa que se nos presente como una posible solución. En medio de una crisis, nuestro cerebro habrá perdido la capacidad de pensar con coherencia, llevándonos a tomar decisiones que más adelante lamentaremos. En los versículos 5 y 6, Juan nos relata el encuentro entre el paralítico y Jesús de la siguiente manera:
“Se encontraba allí un hombre que hacía 38 años que estaba enfermo. Cuando Jesús lo vio acostado, y sabiendo que hacía mucho tiempo que estaba así, le preguntó: «¿Quieres ser sano?»”
Notemos que el padecimiento de este hombre había superado los treinta y ocho años. Una vez más nos encontramos con alguien que no había nacido con esa condición, sino que la adquirió en el tiempo. Él sabía lo que era caminar. Había tenido la experiencia, por corta que hubiera sido, de valerse por sus propios medios.
Pero ahora, había sido relegado a un estado de postración absoluta, que no le permitía moverse por sí sólo. Pero esto no es todo, cuando Jesús lo vio “supo” que llevaba mucho tiempo acostado en aquel lugar. Allí había depositado toda su esperanza, pues no había otra posible solución a su problema, que aguardar por un evento sobrenatural que le cambiara la vida.
¿Cuántas noches se habría acostado ansiando ser visitado en sueños por Esculapio? ¿Cuántos días habría visto burbujear las aguas del estanque, impotente, porque su condición le hacía el caso más vulnerable de todos los allí presentes? En medio de su situación, este hombre había creído todo lo que se podía creer para ser sano.
La superstición, nos lleva a darle poder sobrenatural a objetos, situaciones y lugares movidos por un temor profundo o por ignorancia. Jesús, nos ha dado suficiente evidencia para que podamos inteligentemente, acudir a Él en nuestros momentos de debilidad. Debemos saber que nuestro sistema de convicciones es probado cuando pasamos por situaciones que superan nuestras capacidades. Así que, al comenzar a sentirnos impotentes ante una situación, debemos caer de rodillas delante del Señor, para que nuestra vulnerabilidad no nos lleve a depositar nuestra confianza en soluciones que carecen de sentido.
El 2do peligro presente en esos momentos en los que la impotencia nos envuelve es, El Peligro de la Frustración. Este es, sin lugar a dudas, el depósito a donde nos llevará el Peligro de la Superstición. Notemos la respuesta del paralítico a la pregunta: «¿Quieres ser sano?». Versículo 7:
“─Señor ─respondió─, no tengo a nadie que me meta en el estanque mientras se agita el agua, y mientras trato de hacerlo, otro se mete antes.”
Hay marcas indudables de frustración en la respuesta de este hombre. Está literalmente tirado en un lugar deplorable, rodeado de gente enferma que no para de lamentarse, donde la desgracia y la desesperanza inundan el ambiente y no es capaz de contestar con un rotundo: ─¡SÍ, desde luego que quiero ser sano!─ que se escuchara hasta en el cielo, a la pregunta de Jesús.
El problema es que la frustración nos va a llevar a sentir que nada puede sacarnos del hoyo de la auto-conmiseración en el que nos hemos metido. Por otro lado, la frustración también nos puede llevar a un profundo aislamiento. La impotencia de este hombre se potenciaba por la soledad en la que estaba.
Cuando necesitaba llegar hasta las aguas para ser sanado, no había nadie que lo ayudara. Y finalmente, la frustración había llevado a este hombre a no buscar otra opción para resolver su situación. Es un decir, “no puedo, pero no estoy dispuesto a hacer otra cosa para cambiar mi condición.”
Cuando nos sentimos impotentes ante una situación determinada, debemos entender que la frustración está al asecho y hará todo lo posible por llevarnos a la auto-conmiseración, al aislamiento y la postración. Cuando algunas de estas marcas comiencen a verse, debemos buscar el rostro del Señor, y lo más probable que a algunos aliados. Hombres de fe que nos apoyen en oración y a mirar mejores camino.
Juan termina el relato, con la respuesta de Jesús a la necesidad de este hombre paralítico. En los versículos 8 y 9, leemos lo siguiente:
“Levántate, recoge tu camilla y anda ─le contestó Jesús. Al instante aquel hombre quedó sano, así que tomó su camilla y echó a andar.”
A diferencia de los milagros que hemos considerado hasta ahora, no vemos en este relato el elemento de la fe. Es decir, No se ve que este hombre tuviera su confianza en que Jesús podía cambiar su condición. Y esto se debe a que hay una enseñanza mucho más importante que el hecho de la sanidad de aquel hombre, hacia la cual debemos mirar.
En momentos de debilidad, cuando nuestra vida esté desorientada contemplando absurdas supersticiones. Cuando la frustración toque a nuestra puerta, dejándonos sin opciones y en terrible soledad, debemos recordar que en Jesús tenemos seguridad y fortaleza a pesar de nuestra impotencia.
Es maravilloso saber, que aun cuando no tengamos fuerzas para levantar la bandera de la fe y aun cuando estemos tan desorientados por el dolor que nuestro camino tienda a desviarse, Él estará allí guiando nuestros pasos, para guiarnos de regreso a Él.
REFLEXIONEMOS SOBRE LO ANTERIOR
La pregunta es: ¿Estas luchando contra alguna situación que supera tus capacidades? ¿Puedes identificar en medio de ella algunos rastros de superstición o frustración? Entonces debes levantar tu mirada en medio del estanque de auto-conmiseración en el que estás y recordar que Jesús es seguridad y fortaleza en medio de nuestra impotencia.
Él esta usando hoy este relato de su Palabra, para llamarte de regreso al camino.
OREMOS
Toma un tiempo para presentarte ante el Señor en oración. Preséntale tu impotencia ante la situación que estás atravesando. El fortalecerá tus convicciones, te mostrará un camino por donde podrás andar seguro y te hará cantar en medio de tus pruebas:
“De paz inundada mi senda esté.
O cúbrala un mar de aflicción.
Cualquiera que sea mi suerte diré.
Estoy bien, Tengo paz ¡Gloria a Dios!”




