Lee Juan 2:1-11
Los errores de cálculo suponen consecuencias que nadie desea enfrentar. Hay edificaciones que se han venido abajo por errores de cálculo. En un entorno más cotidiano, tratamos de evitar un error de cálculo cuando vamos al supermercado, al no agregar al carrito más de lo que podemos pagar. Hasta el joven enamorado, que tratando de sorprender a la chica de sus sueños, la invita a cenar y se mantienen toda la cita sacando cuentas mentalmente, porque no quiere enfrentar un error de cálculo.
El asunto es, que los errores de cálculo no sólo dejan al descubierto nuestra escasez, sino que además nos someten a la vergüenza de nuestra insuficiencia. Tal fue el caso que sirvió de contexto para el primer milagro realizado por Jesús en su ministerio terrenal.
En el evangelio de Juan capítulo 2, versículos 1 al 11 leemos acerca de la celebración de una boda humilde en Caná de Galilea, a la que Jesús y su pequeño grupo de discípulos fueron invitados. Para los judíos, una boda era una celebración cargada de gozo y de símbolos espirituales y culturales que los novios y sus padres compartían con todos sus allegados. La costumbre social, cargaba sobre la familia del novio los gastos de estas fiestas que podían durar varios días. Esto ameritaba grandes cálculos, sobre todo cuando se trataba de familias que no eran adineradas.
Conversemos sobre el evento
Así pues, leemos en el versículo 3 del cuarto evangelio el momento que describe el terrible error de cálculo que estuvo a punto de arruinar este día tan especial.
“Y faltando el vino, la madre de Jesús le dijo: ─Ya no tienen vino.”
Para la cultura, el vino jugaba un papel sumamente importante. Pues la ceremonia comenzaba bendiciendo la copa en la que tomarían los novios como señal del pacto y se mantenía durante toda la celebración como símbolo de alegría y de la bendición de Dios sobre ellos. Para nada podemos ver la intoxicación como el propósito del vino en estas fiestas, en primer lugar, porque la mezcla que se hacía era de dos partes de vino por tres de agua, lo que diluía suficientemente el alcohol producto de la fermentación; además, socialmente era mal visto embriagarse, por lo que los judíos se cuidaban de cometer excesos de este tipo, que hubieran resultado en la retirada inmediata de los rabinos presentes.
Por otro lado, la falta de vino era motivo de vergüenza, marcaba el final de la celebración y un muy mal comienzo ante los ojos de la sociedad, para el nuevo matrimonio. La frase, “faltando el vino” da la idea de insuficiencia. Es decir, lo calculado quedó corto, estuvo lejos de alcanzar lo necesario. Para una pareja humilde esto era catastrófico debido a que no tendrían ninguna posibilidad de conseguir lo que pudiera faltarles. El susurro de María, la madre de Jesús y posiblemente allegada a la familia de alguno de los contrayentes, más que una notificación, tenía el interés de invitarlo a hacer algo para remediar el asunto, sabiendo que Él entendería las implicaciones.
El Señor se hizo cargo de la situación abundando en aquello de lo que carecían los novios. Demostrando a los ojos de los presentes que:
JESÚS ES ABUNDANCIA EN MEDIO DE NUESTRA INSUFICIENCIA
De este evento hay tres principios que debemos conocer si deseamos que el Señor tome parte activa sobre aquello que carecemos.
Primero, “La presencia de Jesús en todas las áreas de nuestra vida, es garantía de abundancia.” La mejor decisión que estos novios pudieron tomar fue invitar a Jesús a su boda. Él cambió la vergüenza, por bendición, la carencia por plenitud y extendió la celebración y la alegría de los novios. De la misma forma lo hará con nosotros, si lo invitamos a ser el Señor en todo lo que somos, hacemos y anhelamos.
El segundo principio es, “Cuando obedecemos la voz de Jesús, sin objetar sus medios, su abundancia sustituye nuestra insuficiencia.” Debemos tomar la instrucción que María dio a los sirvientes en el versículo 5: “Hagan lo que Él les ordene”. Aquí hay una llamado de cumplimiento inmediato. La idea es, Él tiene el control total de la situación. Cumplan con cuidado lo que les diga.
Si tan sólo dejáramos de cubrir nuestra insuficiencia y le entregáramos al Señor el control de nuestra vida, nunca más seríamos víctimas de la frustración con la que luchamos tan continuamente.
Y el tercer principio es, Nunca sintamos temor o vergüenza de ofrecer al Señor nuestras tinajas vacías. Las tinajas que se describen en los versículos 6 y 7 eran las usadas para lavar los pies y las manos de los invitados más distinguidos, además de servir para la limpieza de los utensilios usados. A esta altura de la fiesta, ya debían estar casi o totalmente vacías. Cuando Juan escribe: “Jesús les dijo: Llenad las tinajas de agua. Y las llenaron hasta el borde”, nos deja ver las implicaciones complejas que había detrás de esto, pues cada tinaja podía cargar entre 75 y 100 litros aproximadamente. Llenarlas exigía descender hasta el afluente más cercano y subir con ellas cargadas. Esto podía parecer todo un esfuerzo inútil, aun así, los siervos actuaron obedientemente.
Debemos tener la voluntad de llegar ante el Señor con nuestras tinajas vacías, asumiendo el compromiso que implique llenarlas, para presentarlas ante Él, no como el fruto de nuestro esfuerzo, sino como el resultado de nuestra obediencia.
Reflexionemos sobre lo anterior
¿Cómo están las tinajas de tu vida? ¿Se han agotado tus reservas espirituales y has quedado en el vacío de una religiosidad estéril? ¿Son tus reservas emocionales las que hoy escasean ante tantas heridas recibidas? O ¿Son tus fuerzas físicas las que se encuentran secas, hallándote sin capacidad ni ideas para continuar? Deja a Jesús entrar en tu vida, entrégale el control de tus carencias y preséntale tus tinajas vacías, dispuesto a obedecerle.
Él perfeccionará su poder en tu debilidad.
Oremos
Toma un tiempo para presentarte ante el Señor en oración. Muéstrale tus tinajas y comprométete a obedecerle en todo, para que su suficiencia llene por completo tu vida.




