Lee Juan 4:43-54
El 22 de junio del año 1.633, el astrónomo Galileo Galilei fue llevado al palacio de la Minerva en Roma, sede de la Inquisición. Allí, el científico de setenta años, fue sentenciado a la prisión especial de “Nuestro Santo Oficio”, por el tiempo que a los prelados y cardenales que formaban este terrible cuerpo, literalmente, les placiera determinar. Luego de esto, fue obligado a leer en voz alta un texto en el que se retractaba de todos sus postulados que fueron considerados como herejías. Es decir, tuvo que negar que quien está fijo y en posición central es el sol y no la tierra, la cual se mueve alrededor del Sol. Se dice que, al retirarse de aquel lugar Galileo murmuró: “Y sin embargo, se mueve”, refiriéndose a la tierra.
Cuando estamos realmente seguros de algo, es difícil que nos hagan cambiar de opinión. Este quizás, es el problema más importante que enfrenta el cristianismo contemporáneo. Existen muchos cristianos que no están completamente seguros de la fe que confiesan, porque sencillamente no conocen de primera mano al Cristo de la Biblia, quien es el fundamento del verdadero cristianismo.
El milagro que consideraremos hoy, es el primer milagro de sanidad registrado en los evangelios. Este, nos mostrará la necesidad de revisar el fundamento que sostiene nuestras convicciones cristianas.
Luego de la primera señal de Jesús en aquella boda en Caná de Galilea, bajó a Jerusalén para la celebración de la Pascua. Allí, realizó otros milagros que llevaron a muchos a creer en Él. De allí que cuando retornó a Caná, su fama se había corrido como pólvora y fue bien recibido. Mientras esto ocurría, había en Capernaum un oficial del palacio de Herodes que tenía a su pequeño hijo al borde de la muerte. Este, al oír que Jesús estaba en Galilea, salió inmediatamente a encontrarse con Él.
La autoridad del funcionario era suficiente para haber mandado a buscar al Señor. Después de todo, Jesús era el hijo de un carpintero de Nazaret y éste un hombre noble. ¿Cómo podría verse a los ojos de la gente, que alguien de tan distinguida posición viniera a pedir ayuda a un humilde nazareno? Pero lo que tenemos aquí no es la historia de un noble, sino la de un padre desesperado, que está viendo como la vida de su hijo se escapa entre sus manos sin poder hacer nada.
Así que, sin dudarlo viajó treinta y cinco kilómetros para encontrarse con Jesús. Juan, el cuarto evangelista, nos narra el evento en el capítulo 4, versículos 47 al 48:
“Cuando este hombre se enteró que Jesús había llegado de Judea a Galilea, fue a su encuentro, y le pidió que sanara a su hijo, pues estaba a punto de morir. ─Ustedes nunca van a creer si no ven señales y prodigios ─Le dijo Jesús. ─Señor ─rogó el funcionario─, baja antes de que se muera mi hijo.”
Conversemos sobre el evento
Cuán duras debieron haberle sonado las palabras de Jesús a este hombre. Pero nada estaba fuera de control. El Señor sabía lo que habría de hacer, sólo estaba probando el fundamento de la fe de este padre. Lo que vendría a continuación era suficiente para que hoy podamos asegurar que:
JESÚS, ES EL ÚNICO FUNDAMENTO SEGURO, SOBRE EL CUAL PODEMOS DEPOSITAR NUESTRA CONFIANZA
Veamos en este evento dos principios claves que servirán para establecer nuestra fe sobre la base inconmovible de Cristo.
El 1ro de estos principios es, Una fe sólida en Jesús no es el producto de lo que hemos oído acerca de Él, sino de un encuentro personal con Él. Tal vez, lo que este funcionario había oído de Jesús venía de muy buena fuente, pero eso no sería suficiente para establecer su fe. Es decir, entre este hombre y Jesús nunca hubo un encuentro personal hasta este día. Él habría escuchado sobre el agua convertida en vino y sobre las grandes señales de Jerusalén, por eso se sintió movido a buscarlo para que sanara a su hijo, pero no lo delegó a nadie, él mismo vino a Jesús a tener un encuentro personal con Él.
La gran mayoría de nosotros comenzamos conociendo a Jesús de una fuente secundaria. Aquello que nuestros padres nos enseñaron, lo que aprendimos en la iglesia, lo que nos enseñó la cultura, etc. Algunas de estas enseñanzas podrían venir de muy buenas fuentes, pero serán útiles para nosotros, si y solo si, nos motivan a buscar en la fuente principal al verdadero Jesús. Tal y como lo hizo este funcionario real.
Si volvemos al versículo 47, podremos ver lo que una fe aprendida debe llevarnos a hacer con relación a Cristo.
“Cuando este hombre se enteró que Jesús había llegado de Judea a Galilea, fue a su encuentro, y le pidió que sanara a su hijo, pues estaba a punto de morir.”
Notemos las dos acciones realizadas por el funcionario al oír sobre Jesús. En primer lugar, fue a su encuentro. Ya hemos dicho que tenía toda la autoridad para haberlo mandado a traer, pero la situación que experimentaba lo llevó a sentir la necesidad de encontrarse personalmente con Jesús, así que salió en el acto. Y en segundo lugar, le pidió. La narración de Juan nos deja ver que el ruego del funcionario se mantuvo continuamente durante todo el tiempo que estuvo con Jesús. Toda su posición, su autoridad y hasta su manera de ver la vida, sencillamente dejaron de ser importantes cuando estuvo frente a frente con el único que podía atender su necesidad.
Sin importar cuál sea la fuente de aquello que sabemos de Jesús, esta debe llevarnos a desarrollar nuestra propia opinión acerca de Él. Así que, al igual que este dignatario, necesitamos ir sin demoras a conocerlo personalmente en las páginas de la Biblia. Y una vez que lo hallemos allí, debemos caer de rodillas ante su majestad, pidiéndole que su misericordia sea derramada sobre nuestra vida.
El 2do principio es, Una fe sólida en Jesús, no espera ver para creer, sino que decide creer para ver. Este principio de seguro nos hace recordar a Tomás cuando dijo: “Si no veo la señal de los clavos en sus manos, y pongo mi dedo allí, y mi mano en su costado, no creeré” (Jn. 20:25), pero “ver para creer” no es la marca de una fe firme. Para Jesús, la dinámica es “creer para ver”. Así que, para este funcionario la prueba a su confianza estaba apenas por empezar. Veamos la respuesta de Jesús en los versículos 50 al 51:
“─Vuelve a casa, que tu hijo vive ─le dijo Jesús. El hombre creyó lo que Jesús le dijo y se fue”
Jesús no gritó con los brazos alzados hacia Capernaum, ni le encargó hacer algún rito extraño. Sólo habló y su palabra fue suficiente para obrar a pesar de la distancia. Pero, al pensar en el oficial del palacio ¿Qué se llevaría como garantía, para un viaje de regreso de unas ocho horas? Sencillamente su fe. “Creer” para este padre angustiado, fue su pasaporte para “ver”. Los versículos 51 al 53 nos narran lo sucedido:
“Cuando regresaba, sus siervos salieron a recibirlo, y le dieron la noticia: ─Tu hijo vive. Él les preguntó a qué hora había empezado a mejorar. Respondieron: ─Ayer a las siete lo dejó la fiebre”
El padre pensó en una mejoría progresiva, pero los siervos le contaron que la sanidad fue instantánea como a las siete de la noche según la hora romana. Esta fue la misma hora que el Señor le dijo: “─Tu hijo vive”.
Ahora miremos el giro que la fe de este hombre habrá de dar. Versículo 53:
“Y creyó él, con toda su casa”.
Antes había creído en la palabra de Jesús acerca de la sanidad de su hijo, pero ahora toda su familia creyó en Jesús como el Señor suficiente y necesario que aquel hogar tanto requería.
Reflexionemos sobre lo anterior
Cuando hablamos de Jesús ¿Sobre qué está fundamentada tu fe? si tu fe está fundamentada sobre lo que has aprendido de una fuente secundaria, entonces necesitas ir con premura a conocerlo por ti mismo en las páginas de su Palabra, para que experimentes un encuentro personal con el Cristo de la Biblia. Allí, tendrás el fundamento necesario para desarrollar una fe que te permita ver sus grandes maravillas.
Oremos
Toma un tiempo para presentarte ante el Señor en oración. Revisa ante Él la fuente que alimenta tus convicciones cristianas. Pídele, que te guíe a través de su Espíritu, a tener un encuentro personal con el Cristo de la Biblia, el cual es el único fundamento sobre el que puedes depositar toda tu confianza.




