DEVOCIONALES

DEVOCIONALES: JESÚS, EL MILAGRO DE LA CRUZ #DÍA 32

por | Mar 3, 2026 | En su presencia | 0 Comentarios

La idea de la cruz se ha vuelto bastante cotidiana para nuestra cultura latinoamericana. Depende del contexto en la que se ubique, podemos obtener el sentido que representa. En un cementerio, la cruz marca el lugar donde ha sido sepultada una persona; en una iglesia es un símbolo de cristiandad y en un collar, podría sugerir los valores espirituales de quien lo porta o simplemente el apego a una moda.

Pero para los tiempos de Jesús, absolutamente nadie en su sano juicio, se hubiera atrevido a usar este símbolo para cosa alguna (Mucho menos para llevarlo colgado en su cuello como un accesorio decorativo).

El Dr. Frederick Zugibe, un patólogo forense, estudió el tema de la crucifixión por más de cincuenta años, para lo cual hizo algunas pruebas posturales con voluntarios a quienes ató a una cruz para anotar sus reacciones fisiológicas. El Dr. Zugibe apuntó que después de la primera media hora, a los voluntarios se les entumecían los antebrazos y sentían como si se les dislocaran los hombros, por lo que instintivamente recogían las piernas para encontrar alivio.

Pasado algunos minutos, éstas se encalambraban y comenzaban a debilitarse, por lo que debían arquear la espalda para disminuir estos calambres, pero esto también se hacía doloroso, por lo que tenían que volver a una de las posiciones iniciales.

Los voluntarios pasaban todo su tiempo colgado, alternando estas posiciones para evitar el profundo dolor en el pecho, espalda, piernas y hombros. Si a las pruebas del Dr. Zugibe le sumamos el clavo de quince centímetros de largo por uno de ancho, que atravesaban desde la base de las palmas de las manos hacia las muñecas, fijando los brazos a la viga trasversal de la cruz, entonces tendríamos parte importante del dolor que estar crucificado podía sugerir.

Sólo nos faltarían los clavos en los pies, para fijarlos a una pequeña estaca que permitía el apoyo a cambio de un intenso dolor a nivel de los pies, tobillos y empeines. Definitivamente, la cruz en los tiempo de Cristo, no podía ser vista, ni por el más demente de todos, como un objeto decorativo.

Luego que Jesús fue brutalmente flagelado, los soldados lo presentaron ante Pilato en el pretorio. Jesús debió llegar allí en estado de “shock”. Tembloroso e incapaz de mantenerse de pie, es sentado en la silla del juez, tal vez a manera de burla, mientras el pueblo judío gritaba frenéticamente: ¡Crucifícalo, crucifícalo!

Finalmente, Pilato terminó accediendo y entregó a Jesús para su crucifixión.

Los condenados a morir en la cruz, eran obligados a cargar la viga horizontal hasta el lugar de su ejecución, la cual podía llegar a pesar entre cuarenta y ochenta kilos. Para un hombre en perfectas condiciones, esta podía ser una tarea sumamente difícil, pero para alguien que había sido, literalmente molido por el látigo romano y cuyas heridas estaban aun frescas, esto era un imposible.

El lugar de ejecución ya estaba pautado. Una montaña a las afueras de la ciudad que llevaba por nombre “Gólgota”, es decir, lugar de la calavera. Mientras Jesús se dirigía a este lugar, haciendo un esfuerzo técnicamente imposible por moverse con la viga, a la cual además estaba atado, los guardias se vieron en la obligación de reclutar a un hombre llamado Simón, para que sujetándola desde atrás, pudiera ayudarlo a moverla.

Esta caminata que con el tiempo recibió el nombre de, “la vía dolorosa”, tenía la intención de humillar al máximo a los condenados a muerte. Pues debían caminar por las calles centrales de la ciudad bajo la vista de todo el pueblo con un letrero en el cuello que decía los crímenes por los cuales estaba siendo sentenciado. Esto además, servía de escarmiento para todos aquellos que quisieran levantarse contra el imperio romano.

El terrible evento ocurrido en esta cruz, tiene un sentido mucho más profundo que justifica el hecho, por el cual Jesús estuvo dispuesto a padecerlo. Lo ocurrido en esa lúgubre montaña, lejos de ser un simple evento doloroso y cruel, nos asegura que:

LA MUERTE DE JESÚS EN LA CRUZ, ES LA MANIFESTACIÓN DEL AMOR DE DIOS MÁS MARAVILLOSA QUE LA HUMANIDAD HAYA PODIDO RECIBIR JAMÁS

Jesús fue clavado a la cruz y levantado en medio de dos delincuentes, para comenzar una agonía que duró cerca de seis horas. En ese tiempo sucedieron cosas imposibles de pasar por alto, pero en esta ocasión nos centraremos sólo en dos; una palabra pronunciada por Jesús estando en la cruz y un evento que sucedió posterior a su muerte.

En primer lugar consideraremos la frase: Consumado es”, dicha por Jesús justo antes de morir. Como ya se ha dicho en diversas ocasiones, el Señor en la cruz pronunció siete frases, todas ellas con un profundo valor para todos cuantos fijan su mirada en ÉL. Pero casi con el último aliento de su vida se escuchó desde aquel cuerpo ensangrentado la palabra: tetelestai, que es traducida en la mayoría de las versiones como: “consumado es”.

Este término era comúnmente usado por contadores y administradores y lleva la idea de “total cancelación”, refiriéndose a una deuda pendiente. El grito que se oyó en la cruz, sencillamente estaba declarando que la deuda que la humanidad debía pagar por causa del pecado, había quedado totalmente cancelada.

Esto le da sentido a las palabras dichas por el apóstol Pablo a los Romanos, en el capítulo 8, versículo 1, Ahora pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús.”

Jesús con su muerte tomó el lugar que nos correspondía a nosotros. Allí, Él pagó la deuda que surgió como consecuencia de nuestras transgresiones. Este es el regalo de amor que el padre nos ha dado a través de su hijo Jesucristo. Nadie lleva una deuda consigo que ya ha sido cancelada.

No debemos olvidar que, la deuda que nuestros pecados habían generado era la muerte, por lo que no hay apariencias de piedad que nos excuse, no hay esfuerzos personales que logren cancelarla, ni hay atajos que nos puedan otorgar ciertos niveles de solvencia. Sólo en el sacrificio de Jesús, está la cancelación total de nuestra deuda. Él murió para que tú y yo no tuviéramos que morir por nuestros pecados.

En segundo lugar consideraremos, la ruptura del velo. Una vez que Cristo murió, ocurrieron varios acontecimientos que causaron gran conmoción. La tierra tembló, el sol se oscureció, algunos muertos salieron de sus tumbas, pero hubo algo tremendamente simbólico que nos muestra el alcance del sacrificio de Jesús en la cruz. El velo que dividía el lugar santo del lugar santísimo dentro del templo de Jerusalén, se rasgó de arriba abajo como si se tratara de un pedazo de papel.

Dios había establecido desde los tiempos de Moisés, que cada año el sumo sacerdote ofrecería un cordero en sacrificio por el pecado del pueblo, y llevaría su sangre hasta el lugar santísimo, para derramarla sobre la cubierta del arca del pacto, llamada propiciatorio. Allí, una vez al año, la presencia de Dios descendería para aceptar este sacrificio y traer perdón a los pecados del pueblo.

Para establecer los límites, el lugar santo estaba separado del lugar santísimo por un velo de enormes dimensiones, pues medía 18 metros de alto por nueve de ancho y 30 centímetros de grosor. Era tan grande que el erudito Bíblico Alfred Edersheim comenta que se necesitaban 300 sacerdotes para poder moverlo. Este velo, en palabras de los tres evangelistas Mateo, Marcos y Lucas, “se rasgó en dos, de arriba abajo”.

El velo simbolizaba la separación entre Dios y los hombres por causa del pecado. Pues se requería de un sumo sacerdote, para poder tener acceso ante su presencia una vez al año. Si alguien indigno entraba a aquel lugar, caía muerto de inmediato. La ruptura milagrosa de este enorme velo, nos habla del libre acceso que el sacrificio de Cristo nos da a la presencia del Padre celestial. Es decir, apropiarnos del perdón que Jesús nos ofrece, nos hace gozar de una relación real, cercana, amorosa y absolutamente segura con Dios.

Según el apóstol Juan:

“A lo suyo vino  (refiriéndose a Jesús), y los suyos no lo recibieron, pero a todos los que lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Jn. 1:12)

El ser un hijo de Dios es el resultado de depositar nuestra confianza en el sacrificio que Cristo hizo a nuestro favor. En Él, tenemos una nueva relación con el Padre Celestial, llena de seguridad y confianza plena.

REFLEXIONEMOS SOBRE LO ANTERIOR

La pregunta es ¿Estas disfrutando del pago de tus deudas o sigues cargando con el peso que tus pecados han colocado sobre tus hombros? La muerte de Jesús en la cruz no sólo canceló tu deuda, sino que en su perdón, el pecado que te alejaba del Padre Celestial ha sido quitado. Ahora puedes, con total confianza, puedes dirigirte a Él como tu Padre.

OREMOS

Toma un tiempo para presentarte ante el Señor en oración. Te animo a soltar el sentimiento de culpa que el pecado ha colocado sobre tus hombros. Sólo debes apropiarte del pago que Jesús hizo por ti en la cruz, aceptándole como Señor y Salvador.  Y comienza así, a disfrutar de una relación maravillosa con tu Padre Celestial.

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