DEVOCIONALES

DEVOCIONALES: JESÚS, EJEMPLO DE AMOR Y VALOR #DÍA 33

por | Mar 9, 2026 | En su presencia | 0 Comentarios

Lee Mateo 27:51-54; Juan 19:31-37; Lucas 23: 50-56; Juan 19: 38-42

Como lo vimos en su momento, pocos historiadores serios negarían la historicidad de Cristo, su influencia y lo trascendente de sus enseñanzas. De la misma forma que pocos, si es que aun hubiera alguno, negarían su muerte en aquella cruz levantada en el monte calvario.

Durante algún tiempo, los enemigos de la resurrección de Jesús, intentaron plantear una teoría un tanto desesperada. Esta propuso la idea de que Jesús no habría muerto, sino que se había desmayado producto del dolor y de la deshidratación, de lo cual despertó pasado tres días. La verdad es que todo lo que hemos descrito del látigo romano y del sufrimiento de la crucifixión, dejan muy poco espacio para llegar a una conclusión como esa.

Ciertamente, el resultado de toda aquella atrocidad que comenzó en el huerto del Getsemaní con la traición de Judas y culminó en el Gólgota con el último suspiro con el que Jesús entregó su espíritu, fue que el Mesías murió por amor a los pecadores, conforme estaba profetizado (1Corintios 15:3).

En los días anteriores a este, hemos centrado nuestra atención en las últimas horas del ministerio de Jesús antes de su crucifixión, pero para no perder de vista el tema central de sus milagros, necesitamos resaltar el poder milagroso, que a través de la oración del Getsemaní, lo hizo vencer aquella angustia que sentía al estar consciente del dolor físico, emocional y espiritual, que ahora vemos en retrospectiva. Tampoco debemos perder de vista ese poder milagroso que actuó en Él, a través los distintos juicios a los que fue sometido, pues sin ejercer defensa personal alguna, todos cuantos estuvieron frente a Jesús, debieron admitir, no sólo su inocencia, sino su Justo carácter.

Podríamos destacar también, el poder sobre natural que le fortaleció y preservó durante el castigo con el látigo romano y que lo guardó hasta el momento indicado en el que entregó su vida una vez que todo lo que tenía que efectuarse, se consumó.

Sumemos a esto, todo lo ocurrido al momento de su muerte. El terremoto, la rotura del velo en dos, la resurrección de los muertos, la oscuridad que cubrió al sol y todas las profecías que se fueron cumpliendo a la perfección en este evento. Podríamos decir que estas últimas horas de su ministerio, estuvieron plagadas de “señales milagrosas” que llaman de manera directa nuestra atención hacia Jesús, presentándolo como el único y suficiente Salvador que todo ser humano necesita.

CONVERSEMOS SOBRE EL EVENTO

Pasadas las tres de la tarde del día viernes, el Centurión romano que estaba al frente de las ejecuciones, escucho el grito de entrega del Señor y presenció su muerte. Y ante todos los portentos que esta trajo consigo, exclamó: “Verdaderamente este era el Hijo de Dios”. Más adelante, ante la necesidad de bajar los cuerpos por la cercanía de la pascua, partió las piernas de los otros dos crucificados para acelerar su muerte y perforó el costado de Jesús con una lanza, para certificar su muerte.

Un hombre llamado José de Arimatea, quien se había hecho discípulo de Jesús en secreto por temor a los judíos porque era parte del sanedrín, quien según Lucas “no había consentido con el consejo ni las acciones de ellos”, pidió el cuerpo a Pilato para sepultarlo y éste se lo concedió.

Juan 19:39-42 nos relata que Nicodemo, el otro miembro del Sanedrín que había llegado de madrugada hasta Jesús relatado en Juan 3, También estuvo allí, llevando consigo las especias necesarias para el embalsamado del cuerpo. Y tras una preparación rápida, porque se acercaban las seis de la tarde y con ella la entrada del día de reposo, lo sepultaron en una cueva de la propiedad de José de Arimatea.

La muerte de Jesús trajo efectos inmediatos en la vida de aquellos que la siguieron de cerca, demostrando que

LA MUERTE DE JESÚS, ES EL MILAGRO A TRAVÉS DEL CUAL TENEMOS ACCESO A UNA NUEVA VIDA

Veamos en la reacción de alguno de estos personajes, dos principios que rigen la manera como actúa el milagro de la muerte de Jesús, sobre todos aquellos que depositan su confianza en la vida que ella ofrece.

El 1er principio es, El Principio de la Revelación Ineludible. La muerte de Jesús es una revelación evidente de su amor y su perdón.

  Pensemos por un momento en el centurión romano que estaba al pie de la cruz. Éste era el líder de una comisión de cien soldados, la cual había sido perfectamente entrenada para matar, a través de métodos de tortura crueles y agónicos como lo era la cruz. Para este centurión, los tres reos que estaban colgados allí era sencillamente tres enemigos de Roma que merecían.

Los centuriones, confiaban ciegamente y defendían hasta la muerte el sistema de justicia romano. Así que, en este oficial no había nada que pudiera hacerle sentir alguna simpatía o llevarle a manifestar algún sentimiento especial por la persona de Jesús. Si una cualidad describiría a estos hombres, no sería precisamente el ser sentimentales. Por lo tanto, en todo el cuadro de la cruz no podríamos encontrarnos con un personaje más objetivo que este centurión.

En el momento de la muerte de Jesús, ocurrieron varias señales que estuvieron a la vista de todos. Es decir, el llamado desde la cruz fue contundente. Tras el grito, “Padre en tus manos encomiendo mi espíritu”. El sol se oscureció, hubo un terremoto y los sacerdotes que a las tres de la tarde debían estar en el templo, vieron rasgarse el velo del santuario en dos. Era como si toda la creación padecía una conmoción por la muerte del Santo de los Santos. El centurión, que habría presenciado y confirmado centenares de muertes en condiciones similares a esta, tuvo una reacción diferente antes el llamado contundente que la muerte de Jesús expresó.

Lucas nos relata el hecho de la siguiente manera:

“Cuando el centurión vio entonces lo que había acontecido, glorificó a Dios, diciendo: «¡Realmente este hombre era justo!»”

El término “glorificó”, da la idea de rendirle honra. Los romanos no creían en el Dios de los judíos, ellos adoraban a toda una colección de dioses. Pero éste, al ver lo ocurrido aquí no tuvo más reacción que romper en adoración al único Dios verdadero, reconociendo el Señorío de Jesús. Tanto Mateo como Marcos, nos señalan que exclamó: “verdaderamente éste era Hijo de Dios”.

Podemos deducir dos razones por las cuales este centurión llegó a esta conclusión. La primera es que seguramente siguió de cerca todo el juicio que se había presentado ante Pilato por los líderes religiosos de Israel, así que entendía la expresión “Hijo de Dios”, por lo menos desde la perspectiva judía. Decir que Cristo era el “Hijo de Dios,” equivalía a afirmar que tenía la misma esencia y la misma naturaleza de Dios. Este soldado vio en Jesús algo que trasciende lo ordinario, pues tras su muerte el mundo se estremeció. La segunda razón es, que este centurión, al igual que algunos otros, se había interesado por el Dios de los judíos y por ello pudo ver en Jesús el cumplimiento de las profecías mesiánicas. Tal como aquel centurión de Capernaum que vino al Señor pidiendo por su siervo, o más adelante Cornelio, un centurión de Cesarea que era temeroso de Dios y tras recibir a Pedro en su casa tuvo un encuentro personal con Cristo.

Como sea que haya sido, la muerte de Jesús en la cruz resultó ser un llamado irresistible para este hombre, quien pudo reconocer el carácter justo y divino de nuestro Señor y Salvador. Vemos aquí el cumplimiento de las palabras dichas por el Señor en Juan 12:32: “Y Yo, cuando sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí mismo.” Refiriéndose a su muerte en la cruz, hacia donde llevaría la mirada de todos, incluyendo a los no judíos como fue el caso de este centurión.

Para un hombre acostumbrado a oír de dioses que pedían sacrificios de los hombres para aplacar su ira, el ver al “Hijo de Dios” entregar su vida por amor a los hombres, le hizo caer de rodillas glorificando el nombre de Dios. La muerte de Jesús nos revela su propia naturaleza Divina y su amor sacrificial que lo llevó a entregarse a sí mismo por nuestros pecados. Nos muestra también su justicia, que lo hace apto para cargar los pecados del mundo, pues al no tener que morir por sus propios pecados, es un sustituto perfecto para los nuestros.

El 2do principio es, El Principio de Convicción Inocultable. La muerte de Jesús es un ejemplo de valentía que nos invita a expresar nuestra fe en todo cuando somos y hacemos.

Fijemos ahora nuestra atención en aquellos dos miembros del sanedrín que hacen su aparición en este momento tan crucial. José de Arimatea y Nicodemo. De José sabemos lo que Lucas 23:50-51 nos da como referencia, que era un hombre bueno y Justo, que esperaba el reino de Dios, que era parte del sanedrín y que se opuso a toda esta violación de derechos que se levantó contra Jesús. Pero Juan 19:38 nos da un dato más, “era discípulo de Jesús (aunque en secreto por temor a los judíos)”.

Por su parte Nicodemo, es presentado en Juan capítulo 3, versículos 1 y 2, de la siguiente manera:

“Había un hombre de los fariseos que se llamaba Nicodemo, un magistrado de los judíos. Éste vino a Él de noche, y le dijo: Rabbí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que Tú haces, si no está Dios con Él.

Notemos que vino al Señor de noche. La idea aquí es a la media noche o bien entrada la noche. El asunto es que Nicodemo no quería levantar polémicas entre los otros miembros del sanedrín al acercarse hasta el Señor. Así que vino cuando nadie podía verlo. Lo llamó Rabbí, “mi maestro”, algo realmente sorprendente viniendo de un fariseo. Pero Nicodemo necesitaba conocer la doctrina de Cristo, porque sus señales revelaban que realmente venía de Dios. El Señor le enseñó que lo importante no son las señales, sino el cambio de vida que sólo podemos tener al nacer de nuevo por medio de la fe en Jesucristo.

Seguramente estos dos hombres estaban representados en lo que Juan relata en el capítulo 12, versículos 42-43:

“Sin embargo, aun de los principales, muchos creyeron en Él, pero por causa de los fariseos no lo confesaban, para no ser expulsados de la sinagoga, porque amaban la gloria de los hombres más que la gloria de Dios.”

La posición que estos hombres tenían era sumamente alta. Eran ricos y gozaban de muchísimo prestigio en la sociedad. Pero los volvemos a ver en el momento de la muerte de Cristo, adoptando un papel mucho más lleno de convicción que el que habían jugado hasta aquí. Al pedir el cuerpo de Jesús para sepultarlo, tanto José como Nicodemo, estaban sepultándose a sí mismos con Él. Pues abiertamente se habían opuesto al sanedrín, para mostrar su favor por Jesús y ahora estaban mostrando su amor por Él al sepultarlo. Esto sin lugar a dudas les constaría toda su posición.

El asunto es que, al comprender en su totalidad el sacrificio que Jesús hizo por amor a cada uno de nosotros, seguirle desde las sombras es un absurdo. Preferir la gloria que viene de los hombres antes que la de Dios, es vivir luchando por una botella vacía.

REFLEXIONEMOS SOBRE LO ANTERIOR

La pregunta es ¿Qué respuesta das tú al llamado y al ejemplo que la muerte de Cristo supone para ti? En ella tienes una revelación de su naturaleza llena de amor y misericordia. también hay en su muerte, un claro ejemplo de quien no se avergonzó de tomar el lugar que tus pecados merecían.

OREMOS

  Toma un tiempo para presentarte ante el Señor en oración. Te animo fijar tu mirada en la muerte de Cristo. En ella encontrarás un ejemplo de amor y valentía que abre para ti, las puertas hacia una nueva vida.

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