DEVOCIONALES

DEVOCIONALES: JESÚS, AUTORIDAD QUE GARANTIZA LA VICTORIA. #DÍA 24

por | Feb 19, 2026 | En su presencia | 0 Comentarios

Lee Mateo 17: 14-21; Marcos 9: 14-29 y Lucas 9: 37-43.  

Si jugáramos a los antónimos, tendríamos que buscar la primera palabra opuesta que nos llegue a la mente, ante aquella que sea propuesta. Es decir, si se nos dice, BLANCO, en entonces la respuesta debería ser, NEGRO. Si se nos dice, ALTO, la respuesta sería, BAJO; si se nos dice, FUERTE, entonces la respuesta sería, DÉBIL ¿Y si se nos dijera DIOS? ¡Eh, Cuidado! Pues la respuesta no es el Diablo.

En realidad, para que haya un opuesto, es necesario que sea igual, pero en sentido contrario. Y no hay nada que se iguale a Dios. Él es soberano, infinito, absoluto, y todo suficiente. Así que, ante Dios no existe la idea de un “Yin y un yang”, porque Dios no tiene energías contrarias que se contrarresten con su poder. Todos los atributos de Nuestro Señor, son sencillamente infinitos y Él tiene autoridad y dominio sobre todo ser creado, visible o invisible. Esto incluye a Satanás y a todo su ejército de demonios.

Al considerar los casos en los que Jesús liberó a personas atormentadas de diferentes maneras por espíritus demoníacos, no debemos perder de vista que éstos siempre obedecían, sin ninguna objeción, su voz de mando. Sencillamente, ellos afirmaron lo que muchos hoy se niegan a aceptar, que Jesús es Dios hecho hombre y que ejerce absoluta autoridad, aun sobre el mundo de las tinieblas.

Hoy nos encontraremos con el último milagro de liberación demoníaca que nos relatan los evangelios. En él, hallaremos a un padre que busca desesperadamente ayuda para su hijo. En primera instancia, lo hace a través de los discípulos de Jesús, quienes en su incapacidad para atender aquella situación, nos dejarán ver algunos aspectos que dificultan el camino, para quienes desean alcanzar una vida victoriosa en Cristo.

Nuevamente los tres evangelios sinópticos nos presentan este relato. Mateo, capítulo 17, versículos 14-21, Marcos, capítulo 9, versículos 14-29 y Lucas Capítulo 9, versículos 37-43.

COVERSEMOS SOBRE EL EVENTO

La mañana después de la transfiguración de Jesús, estando Él aun en aquel monte junto a Pedro, Jacobo y Juan, era esperado al pie de la montaña por una multitud que aguardaba su regreso. Entre ellos un grupo de escribas y los nueve discípulos restantes.

En medio de aquella reunión, un hombre vino en busca de ayuda, con su hijo poseído por un demonio. Los discípulos intentaron liberar a aquel joven, pero no pudieron, lo que generó una gran discusión con los escribas presentes, quienes quisieron sacar provecho de la derrota sufrida por los discípulos, desprestigiando la autoridad y el poder de Jesús.

En medio de la discusión, el Señor llegó hasta el lugar y la gente al verlo salió a saludarlo. Marcos cuenta que Jesús se dirigió a los nueve y “les preguntó: ¿Qué discuten con ellos?” La respuesta no la obtuvo de sus discípulos, sino de uno que salió entre la multitud. Veamos los versículos 17 y 18 de Marcos 9:

“Maestro, te traje a mi hijo que tiene un espíritu mudo, y dondequiera que lo ataca lo derriba, y echa espumarajos y cruje los dientes y se pone rígido. Y dije a tus discípulos que lo echaran, pero no fueron capaces.”

Tomemos un momento para describir el terrible tormento que este joven estaba sufriendo. Marcos nos dice que el espíritu que lo tomaba era mudo, más que a una limitación orgánica que le impedía el habla, se refiere a que el espíritu no se lo permitía en el momento de la posesión. Entendemos también que no estaba continuamente poseído, sino que sorpresivamente se apoderaba de él. Además, los tres evangelistas coinciden en la idea de las terribles convulsiones que este demonio le causaba al joven. Su padre lo describió como lunático, pues en aquella época se consideraba que este tipo de males como la epilepsia, se complicaba según la influencia de la luna. Estas convulsiones lo hacían golpearse hasta, quebrarlo como se quiebra un jarrón de arcilla al estrellarlo contra el piso.

El joven daba alaridos, que eran una muestra del intenso dolor al que estaba siendo sometido. Además, Mateo comenta que el demonio lo arrojaba al fuego o al agua con la intención de matarlo. Lucas por su parte nos relata que era el único hijo de este señor.

Convulsiones epilépticas, incapacidad de hablar con claridad para pedir ayuda, una fuerte tendencia suicida y un daño físico continuo producido por fortísimos impactos, era lo que atormentaba a este joven desde su niñez. Ya a esta altura de su vida, según el texto bíblico, la situación “lo estaba secando, lo cual es una manera de decir, que le estaba consumiendo toda su existencia.

La fe de este padre lo llevó a presentar a su hijo a Jesús, pero se encontró con sus discípulos y permitió que fueran ellos quienes lo atendieran. No se nos dice qué método usaron, pero sí que no pudieron hacerlo. Esto levantó toda clase de comentarios por parte de los escribas, quienes celebraron el fallo, porque les daba una oportunidad gigantesca de atacar el ministerio de Jesús.

Ahora, pensemos por un momento en el padre. La incompetencia de los discípulos de Jesús y las críticas burlescas de los líderes religiosos golpearon, sin lugar a dudas, tan fuertemente la fe de aquel hombre, que lo llevaron a dudar aun de la capacidad de Cristo, para liberar a su hijo.

Pero, este hombre descubrió, en el momento que Jesús tomó el control de la situación, que:

JESUS TIENE AUTORIDAD PARA DARNOS LA VICTORIA, AUN CUANDO FLAQUEE NUESTRA FE

Así pues, tenemos ante nosotros a un padre con una profunda necesidad, pero con una fe golpeada; tenemos a un joven cuya vida se había estado consumiendo desde su niñez, por causa de una posesión demoníaca; tenemos a un grupo de nueve discípulos frustrados, por no haber podido hacer nada a favor del muchacho; tenemos a Jesús asumiendo el control de la situación y a toda una multitud, con escribas incluidos, deseosos de ver cómo terminaría todo esto.

Veamos, a través de la óptica de los discípulos el desenlace de este evento. Desde allí podremos extraer tres afirmaciones que describen esa vida victoriosa que podemos alcanzar, a través de la autoridad de Jesús.

La 1ra afirmación es, Una vida victoriosa refleja continuamente las cualidades de un verdadero discípulo de Jesús. Cuando nuestro carácter no refleja estas cualidades, la suficiencia de Cristo es puesta en dudas.

El relato de Marcos nos comenta que aquel padre le explicó a Jesús lo siguiente:

“Y dije a tus discípulos que lo echaran, pero no fueron capaces.”

La idea es que no tuvieron el poder ni la fuerza para hacerlo. Mateo y Lucas, hacen referencia a que no tuvieron la aptitud necesaria para hacerlo. A ellos les faltaba algo. La autoridad que viene de Cristo. Recordemos que el Señor les había dado autoridad para echar demonio y para sanar enfermos, cuando los mandó a la misión evangelizadora. En esa oportunidad, aquel poder fue suficiente para someter a los demonios, pero ahora no.

Los escribas presentes, de seguro no dudaron en sacar nuevamente aquella acusación hicieron a Jesús, de que los demonios que echaba fuera, lo hacía con poder otorgado por el mismo Satanás (Mateo 12:24).

Fue tal la duda que se logró generar, que cuando el Señor comenzó a poner las cosas en orden, Marcos nos relata que aquel hombre le dijo:

si puedes hacer algo, ten compasión de nosotros y ayúdanos. Jesús le dijo: ¿Si puedes? ¡Todo es posible para el que cree! Inmediatamente el padre del muchacho, clamando, dijo: ¡Creo! ¡Ayuda mi poca fe!”.

Ese padre, que de manera decidida salió a buscar en Jesús, de quien había oído tanto, la ayuda que su hijo requería, ahora condicionó su petición con un dudoso: “Si puedes”. Fue como decir, tus discípulos no pudieron y sé que la condición de mi hijo es muy seria, así que, si tú puedes haz algo. El Señor reaccionó a este “si” condicional y llevó al padre a fijar una posición firme ¿Crees o no?

Las cosas son posibles sólo para aquellos que tienen convicciones firmes. Pero la respuesta de aquel padre es un ejemplo para nosotros hoy, ¡claro que Creo! Pero en este momento necesito que auxilies mi fe, porque está en apuros.

Muchas veces, tendremos que enfrentar momentos que golpearán fuertemente nuestra fe. Situaciones en las que las marcas de nuestras victorias en Cristo, parecieran no estar presentes. Cuando bajamos la guardia y dejamos de mostrar las cualidades de un verdadero discípulo de Cristo, es decir, la fe y la obediencia a su Palabra, entonces Cristo es difamado por nuestra falta de autoridad y nuestras convicciones son debilitadas por nuestra falta de victorias. Es allí donde debemos clamar, “Señor, necesitamos que auxilies nuestra fe, pues ahora se encuentra en apuros.”

La 2da afirmación es, Una vida victoriosa está anclada a la autoridad de Jesús y no a sus propias capacidades Aquí está la raíz del problema. La reacción de Jesús relatada por Mateo, refleja una terrible indignación de parte del Señor:

“Respondiendo Jesús, dijo: ¡Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con ustedes? ¿Hasta cuándo los soportaré?” (v.17)

Esta indignación, incluía al padre que no tenía la fe suficiente en el poder sanador de Jesús; a los escribas que estaban viendo en aquel fracaso de los discípulos una victoria para ellos, sin mostrar ni una pizca de compasión; a la multitud presente que se mantuvo siempre buscando su propio beneficio, en lugar del bienestar de su prójimo y por su puesto, la indignación de Jesús acusaba a sus nueve discípulos, porque no buscaron la renovación de su autoridad en Cristo, a través de una vida continua de oración.

Tanto los discípulos, como la multitud, como los escribas y aun el mismo padre de aquel chico, tenían una fe anclada en distintas cosas, pero no en la Autoridad de Cristo.

Notemos la pregunta que los discípulos hicieron a Jesús, según Marcos 9:28:

“¿Por qué nosotros no pudimos echarlo?”

El asunto es, que ellos estaban buscando en sí mismos el poder y la autoridad para tratar con este demonio. Ellos no entendieron, que la autoridad que una vez experimentaron sobre los demonios, en la misión que el Señor les había encomendado algún tiempo atrás, dependía absolutamente del poder de Jesús y no ellos mismos.

En la epístola de Judas, versículo 9, este principio es llevado a un nivel mucho más elevado de la siguiente manera:

“Mientras que el arcángel Miguel, cuando disputaba con el diablo, contendiendo por el cuerpo de Moisés, no se atrevió a proferir juicio de maldición, sino que dijo: ¡El Señor te reprenda!”

Muy distinto, a lo que muchos “sanadores de redes sociales” muestran hoy, la Biblia nos enseña que quien ejerce total autoridad sobre los poderes de las tinieblas, es Cristo. Y nosotros, sólo podemos apropiarnos de esa autoridad cuando nuestra vida está anclada en Él. Desde allí, nuestras luchas son remitidas a su poder y autoridad, y allí ocurre la victoria.

La 3ra afirmación es, Una vida victoriosa se restaura continuamente a solas con Jesús. El Señor le pidió a aquel hombre que le trajera a su hijo. Al estar cerca, el espíritu lo hizo convulsionar fuertemente. Marcos nos da algunos detalles de la manera como el Señor actuó.

“Jesús entonces, viendo que la multitud se agolpaba rápidamente, reprendió al espíritu inmundo, diciéndole: Espíritu mudo y sordo, Yo te mando: ¡Sal de él y no entres más en él!” (v.25)

El joven quedó tirado como muerto, pero Jesús lo levantó y lo entregó a su padre sano. La autoridad de Jesús es tal que, no sólo nos libera de aquello que nos oprime, sino que nos capacita para que esa libertad sea permanente.

Al ver esto los discípulos, en la intimidad de la casa donde se hospedaban, le preguntaron al Señor dónde estuvo su error. Jesús le da una respuesta a través de una sencilla ilustración. Si nuestra fe fuera tan pequeña como un grano de mostaza, es decir un grano minúsculo, podríamos hacer grandes cosas. Con esto nos enseñó que el asunto no está en cuánto crees, sino en quién crees.

Una fe bien establecida en Cristo, nos llevará a vivir una vida victoriosa. ¿Cómo adquirirla? A través de una vida de oración que nos ancle cada día más a la autoridad de Cristo.

Lo que los apóstoles hicieron nos da un gran ejemplo. Cuando experimentemos momentos de fracaso en nuestra vida, busquemos en intimidad a Jesús para revisar y restaurar aquello que no está funcionando bien. Si desarrollamos el hábito de pasar tiempo a solas en oración con el Señor, entonces estaremos renovando continuamente nuestra fe en el poder de su autoridad.

REFLEXIONEMOS SOBRE LO ANTERIOR

La pregunta es ¿Está tu vida demostrando esas victorias que Jesús deseas que experimentes? En medio de tus debilidades, necesitas fortalecer tu fe, anclar tu vida a la autoridad de Cristo y renovar continuamente tu obediencia a su palabra en la intimidad de su presencia.

OREMOS

Toma un tiempo para presentarte ante el Señor en oración. Te animo a anclar tu vida a la autoridad de Cristo. En Él encontrarás ese poder que te ayudará a pararte firme ante la adversidad y someterla plenamente al control de quien todo lo puede.

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