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DEVOCIONALES

DEVOCIONALES: JESÚS, AUTORIDAD QUE DA LIBERTAD #DÍA17

por | Feb 2, 2026 | En su presencia | 0 Comentarios

Lee Lucas 13:10-17

Según la Real Academia Española la “esclavitud”, en sus dos primeras acepciones, es: “El estado de una persona que carece de libertad.” Y “La sujeción rigurosa y fuerte a las pasiones y afectos del alma.” Es decir, sin necesidad de azotes, muchas personas carecen hoy de libertad, porque están fuertemente atados a pasiones y emociones que no les permiten asumir pleno control de sus actos.

Pensemos en el día en que la esclavitud fue abolida en cierta nación.

En una pequeña finca de un pueblito remoto de aquel país, un grupo de esclavos se alistaba para una nueva jornada de trabajo. Nada parecía indicar que ese día fuera diferente al anterior. Pues, la verdad es que ellos nunca habían vivido un día diferente, así que no tenían razones para esperarlo. Ya cuando el sol comenzaba a brillar, los esclavos de aquella finca luchaban contra el cansancio que pesaba sobre sus hombros, pero sabían que el único momento de descanso llegaría sólo cuando el sol apagara su luz.

Para ellos, todo lo que estaba ocurriendo en las altas esferas en cuanto al tema de la libertad, sencillamente no existía. Ese día había en el ambiente mucho más tensión de lo acostumbrado, la cual se traducía en excesivos maltratos y humillaciones. No es que comúnmente nos los hubiera, pero es que ese día la brutalidad estaba terriblemente untada de crueldad. Pero aun así, este grupo de esclavos se mantuvo haciendo aquello que había sido condicionado para hacer. Trabajar.

Cuando la tarde llegaba a su fin, un grupo de hombres finamente vestidos entró a la casa del amo y después de una acalorada reunión con los dueños y los capataces, salieron mandando a detener todo el trabajo que se estaba realizando. Los esclavos que trabajaban en los campos y en las labores domésticas; también los que estaban encerrados y atados en el mástil de castigo; todos cuantos había en aquella finca fueron convocados por aquellos hombres misteriosos al patio central de la casa, quienes con aires de triunfo, leyeron el decreto que, no sólo los hacía libres, sino que también les aseguraba que contarían con el respaldo del estado, para comenzar una nueva vida lejos de la esclavitud.

Un vocero se levantó de entre aquellos hombres, con un papel sus en sus manos. Tembloroso y casi sin poder contener su emoción, leía un decreto de emancipación, por lo que al terminar cerró gritando:

-¡Son Libres! Tomen todo lo que tienen y ¡Vivan… Salgan y Vivan!”

Es de dudar, que aquellos esclavos confundidos hubieran entendido todo el tecnicismo jurídico del decreto, pero sin lugar a dudas, comprendieron cuando el emisario de aquella nación gritó las palabras finales.

La verdad es que la única diferencia que hubo entre el comienzo y el final de aquel día para estos esclavos, fue simplemente un “decreto”. Nada cambió en el entorno ni en la condición interna de ninguno de ellos. Sólo hubo un decreto que los declaraba libres.

Ahora bien, este decreto no era un simple documento, sino que se trataba de una orden firmada por la máxima autoridad de aquel país. Autoridad, que estaba muy por encima de los amos y dueños de esclavos. Tanto, que los obligaba a cumplir irrefutablemente las ordenes marcadas en aquella resolución.

Sin embargo, cuando estudiamos las historias de abolición de la esclavitud en distintas naciones, nos encontramos con que muchos esclavos se negaron a disfrutar de la libertad que se les concedía. Las razones fueron diversas, pero un denominador común es que muchos decidieron mantener aquella condición, porque no conocían otra realidad ni sabían vivir de otra manera. Estaban condicionados a aquellos castigos y al trabajo forzado, se habían acostumbrado a bajar la cabeza ante un amo opresor y a vivir sometidos a su voluntad. A tal punto, que se creyeron incapaces de vivir en libertad. Muchos murieron esclavos, siendo libres. 

La intención una introducción tan amplia como esta, no es en lo absoluto restar espacio al contenido bíblico del milagro que consideraremos hoy, sino ilustrar suficientemente la condición, que muy bien pudo haber oprimido a una sencilla mujer de Perea que tuvo una experiencia tremendamente liberadora al conocer a Jesús.

El evangelista Lucas, es quien nos relata la historia en el capítulo 13, versículos 10 al 17. Jesús enseñaba en una sinagoga de Perea, entre los que se encontraba una persona con una condición muy especial. Según Lucas, versículo 11: “Jesús se fió en una mujer que tenía un espíritu de enfermedad desde hacía dieciocho años, y estaba encorvada y no podía enderezarse de ninguna manera.”

CONVERSEMOS SOBRE EL EVENTO

Como médico, Lucas nos da un informe detallado del mal de esta mujer. Se trataba de una condición interna que Satanás estaba utilizando para encadenarla. Una situación emocional, que ya estaba teniendo manifestaciones físicas tanto visibles, como dolorosas.

Jesús, fijó los ojos en esta mujer sometida a tal nivel de esclavitud y le pidió que viniera a Él. Y al tenerla frente a frente, le permitió experimentar que:

SÓLO EN JESÚS TENEMOS ABSOLUTA LIBERTAD DE AQUELLAS HERIDAS QUE NOS ATAN

Una atadura emocional se refiere a una emoción mal manejada, que dejándose sin sanar va tomando cada vez más control de nuestros pensamientos, decisiones y acciones. Evidentemente, Satanás sabe sacar provecho de estas emociones sin atender, utilizándolas como cadenas que nos limitan experimentar nuestra libertad en Cristo. Son tan dañinas, que aquello que tiene su origen en lo íntimo, comienza a dañar también lo físico.

Observemos en la experiencia de esta mujer, tres aspectos que pueden ayudarnos a romper, en el poder de Jesús, esas cadenas emocionales que nos atan.

El primer aspecto que debemos destacar de esta mujer, es que tenía dieciocho años padeciendo de una dolorosa y debilitante condición. Lo cual, nos habla de lo profundo y prolongado de su padecimiento.

Al igual que los esclavos del relato inicial, podríamos decir que esta mujer era legalmente libre. Notemos que en el versículo 16, el Señor la llama hija de Abraham, lo que le da todos los derechos de una verdadera israelita. Estos, se consideraban libres por el mero hecho de ser hijos de Abraham (Juan 8:33).

Pero había algo que la tenía atada impidiéndole disfrutar plenamente de esa libertad. Una situación que no se nos da a conocer, pero que se halla descrita de forma genérica en la expresión: “Espíritu de Enfermedad”. La idea, ciertamente nos habla de una condición interna que va debilitando a la persona que lo padece. Tiene el mismo sentido de la frase paulina: “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio.” de 2 a Timoteo 1:7.

El término espíritu, tiene que ver con esa condición interna que nos impulsa a actuar, bien sea movido por emociones no sanadas o por los valores que el Espíritu de Dios aporta a nuestro espíritu. En el caso de esta mujer, esa condición interna la llevaba a actuar de forma enfermiza, debilitada y frágil. Estado que se manifestó en una especie de deformación de la columna, que le impedía mantenerse erguida.

Muchos de nosotros, podríamos estar tan debilitados como esta mujer. Atados por heridas que arrastramos del pasado. Estas, han sido un medio a través del cual el enemigo nos ha mantenido esclavizados, impidiéndonos disfrutar plenamente la libertad que Cristo vino a darnos.

Otro elemento que vale la pena destacar de esta mujer, es que a pesar de su condición física estaba en la sinagoga aprendiendo más de las Escrituras. Esto nos habla de su devoción.

Sin escusas ni condicionantes. Esta mujer débil, con una deformación dolorosa en su espalda y llevando en su corazón las heridas causadas por una situación emocional, aun abiertas después de dieciocho años, estaba en aquel lugar de reunión, dispuesta a conocer más al Dios de la Biblia y a brindarle adoración.

Una verdad que no podemos pasar por alto, es que hay verdaderos cristianos que luchan con ataduras emocionales. Y una lección importante que nos deja esta mujer, es que aun cuando las ataduras nos dificulten el camino, debemos mantenernos firmes buscando el rostro del Señor, hasta que Él nos de la libertad plena sobre esas situaciones.

El Señor llamó a esta mujer y le dijo: “¡Mujer, eres libre de tu enfermedad!”. Es decir, aquella situación interna que te tiene debilitada, ya no ejerce más poder sobre ti. Has sido desatada completamente. Notemos, que esta fue la carta de emancipación dada a aquella mujer, quien se apropió de la libertad que Jesús, con toda su autoridad, estaba dictaminando sobre ella.

Pero faltaba algo más. Lucas nos dice en el versículo 13, que: “Jesús le impuso las manos y al instante se enderezó, y glorificaba a Dios.” Una vez dada la libertad espiritual y emocional, entonces estaba lista para recibir la sanidad física.

REFLEXIONEMOS SOBRE LO ANTERIOR

La pregunta es ¿Tienes ataduras emocionales que te impiden disfrutar de la libertad que Cristo vino a darte? Entonces necesitas tomar el decreto de emancipación que Él ha dictaminado para ti. Gálatas 5:1 dice: “Cristo nos dio libertad para que seamos libres. Por lo tanto, manténganse ustedes firmes en esa libertad y no se sometan otra vez al yugo de la esclavitud.”

Toma un tiempo para presentarte ante el Señor en oración. Te invito a llevar ante Él todas tus ataduras emocionales. Rechaza toda la autoridad que Satanás haya ejercido sobre tu vida y aprópiate de la libertad que Cristo ganó para ti. Pues en Él ¡Eres libre!

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