DEVOCIONALES

DEVOCIONAL: JESÚS, AUTORIDAD PARA PERDONAR #DÍA 8

por | Ene 26, 2026 | En su presencia | 0 Comentarios

Lee Mateo 9:1-7; Lucas 5:17-26; Marcos 2:1-12

Cuando Dios creó a Adán y a Eva, el mundo era perfecto y plagado de bendiciones. Pero este primer matrimonio decidió desobedecer una orden directa del creador y todo cambió radicalmente. Esto es lo que se conoce como “el pecado original”, el cual inoculó a todas las generaciones posteriores con la naturaleza de Pecado.

Por eso, la Biblia dice que todos somos pecadores (Romanos 3:23). Lo que Dios diseñó para que pudiéramos disfrutar a plenitud, se volvió en nuestra contra dando paso a una vida que nos golpea incesantemente con situaciones dolorosas, sueños frustrados y enfermedades que nos encaminan irremediablemente hacia la muerte.

Pero Jesús vino a poner fin al problema del pecado. Y aun cuando esto no implique que estaremos libres de las consecuencias de la naturaleza caída, tales como las injusticias, las enfermedades y hasta la misma muerte, no es menos cierto, que en Jesús aun las situaciones dolorosas de la vida tienen una perspectiva llena de esperanza.

Con relación a esto, El Dr. Charles Swindoll en su libro “Jesús, La Vida más Grande de Todas,” afirma lo siguiente:

“Gracias a Jesús, podemos contemplar la vida como una serie de grandes oportunidades brillantemente disfrazadas de situaciones sin salida.”

El milagro que veremos hoy, ilustra perfectamente cómo el pecado puede volverse una situación de minusvalía, no sólo espiritual, sino también emocional y física, para todo aquel que no ha sometido a la autoridad de Jesús aquellas áreas de su vida que necesiten ser restauradas.

Una vez más, el escenario de este maravilloso evento es Capernaum, en una casa cuyo dueño no es mencionado, pero sí algunos de los que estaban presentes.

Lucas, capítulo 5, versículos 17-26, nos comenta que Fariseos y doctores de la ley de las aldeas de Gallilea, de Judea y de Jerusalén estaban sentados dentro de la casa mientras Jesús enseñaba.

Por su parte Marcos, en el capítulo 2, versículos 1-12, nos comenta que muchos se juntaron para ver a Jesús, tantos que ya no cabía en la casa ni frente a la puerta.

Entonces pasó algo totalmente inesperado. Mientras Jesús enseñaba en el seno de aquel hogar, comenzó a caer polvo de arcilla sobre los que rodeaban al maestro.

Tal como la usada en  aquellos tiempos para hacer las tejas de las casas. Los Fariseos y los doctores de la ley seguramente tuvieron que levantarse de sus lugares, porque algunas de las piedras incrustadas en el techo para darle fortaleza, comenzaron a desplomarse sobre ellos.

De pronto, una camilla de alguien muy pobre, para ser fieles al término usado por Marcos, comenzó a descender tras el esfuerzo de cuatro hombres que asomaron sus brazos por un boquete hecho en el techo de la casa.

CONVERSEMOS SOBRE EL EVENTO

Al bajarlo por completo, quedo a los pies del Maestro un hombre paralítico quien, intimidado por la multitud presente, esperaba recibir algún favor de parte de Jesús. Tal fue el asombro que causaron, que el Señor honró la fe de estos cinco personajes por semejante acto de amor y convicción, demostrando a esa multitud de simpatizantes y antagónicos, que:

JESÚS TIENE TOTAL AUTORIDAD PARA LEVANTARNOS DE LA MINUSVALÍA DEL PECADO

Extraigamos de este relato, un principio que nos mostrará cómo Jesús puede ejercer su autoridad sobre aquello que nos imposibilita avanzar.

Jesús ejerce su autoridad divina sobre todo estado de postración espiritual, emocional y física cuando nos humillamos ante Él. No es un dato casual que ni el paralítico de esta historia, ni sus amigos dijeran nada.

El único que habló fue Jesús. Esto es un reflejo del temor y la constricción que aquel hombre tenía.

En realidad, la parálisis física era el problema evidente, pero en lo interior había un daño mucho más profundo que ese. El asunto es que, para la cultura judía, toda enfermedad era consecuencia del pecado, pero no del pecado original, como de hecho lo es, sino de alguna situación pecaminosa por parte del enfermo.

Los maestros de la ley decían que, si una condición era permanente, significaba que su pecado no tendría perdón. Esto habría generado en aquel hombre un sentimiento de culpa terrible, con el que había tenido de lidiar. Vivió creyendo que su condición era un castigo de Dios.

Entendemos que no necesariamente su parálisis era producto del pecado, pero ciertamente este hombre al igual que todos nosotros era un pecador que necesitaba ser perdonado.

El erudito bíblico Alfred Edersheim, nos comenta con relación a este evento lo siguiente: “…la afección interior –o parálisis del alma- en la conciencia de culpa tenía que ser apartada antes de ser quitada la exterior.” Esto explica por qué Jesús, al ver la fe de esta gente, lo primero que dijo fue:

“Hijo, tus pecados te son perdonados”.

Imaginemos el rostro pálido de aquel hombre, lleno de miedo por ser el centro de atención de toda la multitud reunida en aquel hogar. Librando una terrible batalla en su mente, para mantener la fe que lo había llevado hasta allí.

En su interior sabía que Jesús podía sanarlo, pero lo invadía de momento aquella terrible duda, que nos ha hecho temblar a todos cuando atravesamos por alguna situación difícil:

“Sé que puede pero… ¿Querría Jesús ayudar a un pecador cuya condición, tal como lo había aprendido, era un castigo merecido?” Jesús, que conocía bien sus pensamientos y sus sentimientos, se dirigió a él y le dijo: “Ten ánimo”. Es decir, llénate de valor.

Mantén firme tu confianza. Luego lo llama, “Hijo”, con lo que bajó la presión del momento usando una expresión de amor y ternura. Aquel hombre que había sido rechazado por los maestros de la ley y los líderes religiosos, por llevar en su cuerpo “la marca del pecado”, ahora estaba a los pies de Jesús, siendo tratado como un hijo que es abrazado por su amoroso padre.

Con la confianza recuperada en los brazos del Señor, ahora oye las palabras más liberadoras que jamás pensó que llegaría a escuchar:

“tus pecados te son perdonados”.

En una acción puntual, completa y permanente, sus pecados presentes, pasados y aun los futuros habían sido quitados. Si el pecado era un impedimento para alcanzar la sanidad, entonces ya no lo sería más.

Como era de esperarse, esta afirmación absolutamente divina de perdonar pecados, levantaría el comentario de los líderes religiosos que estaban presentes en aquella reunión.

Así que el Señor conociendo sus pensamientos les dijo:

“—¿Por qué piensan así? ¿Qué es más fácil decirle al paralítico: ‘Tus pecados quedan perdonados’, o decirle: ‘Levántate, toma tu camilla y anda’? Pues voy a demostrarles que el Hijo del hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados. Entonces le dijo al paralítico: —A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.

El enfermo se levantó en el acto, y tomando su camilla salió de allí, a la vista de todos.” Nosotros también podemos atravesar por situaciones que nos llevan a caer postrados espiritual, emocional y físicamente.

Los pecados no confesados al Señor, nos inutilizan espiritualmente; los sentimientos de incapacidad o de insuficiencia que nos han sido implantados por aquellos que nos rodean, nos paralizan emocionalmente; y los límites que nos hemos puesto a nosotros mismos nos detienen físicamente.

Pero, así como hizo con aquel hombre, Jesús hoy puede y quiere ejercer su autoridad divina sobre nuestros estados postración espiritual, emocional y física. Sólo debemos acercarnos a Él con absoluta humildad, reconociéndolo como el único que puede salvarnos

REFLEXIONEMOS SOBRE LO ANTERIOR

¿Contra qué minusvalía estás luchando hoy? ¿Qué es aquello que te detiene imposibilitándote a avanzar? Pues ya no tienes por qué seguir postrado. Jesús tiene total autoridad para perdonar tus pecados, restaurar tus emociones y darte, sin importar la etapa en la que estés, un nuevo propósito para vivir ¿Puedes Creerlo?

OREMOS

Toma un tiempo para presentarte ante el Señor en oración. Te animo a que, con la tenacidad de los amigos de este paralítico, te presentes ante Jesús con aquello que te impide seguir adelante. Ten la absoluta seguridad de que Él puede y quiere devolverte la capacidad para avanzar.

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