En el año 107 d. Jc., un anciano esperaba en una cárcel oscura, fría y húmeda de Roma, su ejecución. La acusación que había en su contra, no era distinta a la que pesaba sobre los cristianos condenados de aquella época. Su fe y el rechazar la adoración al emperador, reconociéndolo como Dios, habrían de convertir a aquel hombre en un crudo testimonio del poder absoluto del Imperio sobre quienes se negaban a alimentar los delirios de grandeza de sus gobernantes. Este anciano era Ignacio, obispo de Antioquía, quien gozaba de una conducta intachable y de una fe ferviente en Jesucristo, tal que le llamaban “El portador de Dios”.
Esperando el día de su ejecución en el temible circo romano, Ignacio se enteró que los cristianos de Roma estaban haciendo las gestiones necesarias para lograr su liberación, ante lo cual respondió de la siguiente manera: “Temo que vuestra bondad pueda hacerme daño.”
Él sabía que ellos podían lograr su cometido, pero estaba decidido a entregar su vida por Jesús. Así que, sólo les pidió lo siguiente:
“…pidan por mí, no la libertad, sino fuerza para enfrentarme a toda prueba. Para que no sólo me llame cristiano, sino que también me comporte como tal” (…) “porque cuando yo sufra seré libre en Jesucristo, y con Él resucitaré en libertad”.

Este tipo de relato, confronta nuestra fe. Millones de cristianos a lo largo de la historia, prefirieron entregar su vida, antes que faltar a sus convicciones centradas en Jesús. Todos ellos son un testimonio tangible de las palabras del apóstol Juan:
“Nosotros le amamos, porque Él nos amó primero” (1Jn. 4:19) .
Ciertamente, toda convicción profunda y fuertemente arraigada, está sustentada en el ejemplo que nuestro salvador nos dejó, al entregarse a sí mismo a un terrible sufrimiento, por amor a nosotros.
Luego de los juicios judíos y religiosos a los que sometieron a Jesús, lo llevaron ante Pilato. Ahora enfrentaría los juicios romanos y civiles, lo cual era determinante si el objetivo final era “la pena capital”.
Así como, los juicios judíos estuvieron llenos de injusticia y corrupción, aquellos que se llevaron a cabo por parte de los funcionarios romanos, estuvieron llenos de indiferencia y conveniencia política.
Veremos en la actitud asumida por el Señor, un valor sin igual que lo llevó a enfrentar el dolor de un desproporcionado castigo, la humillación de un pueblo ingrato y las ofensas de quienes nunca se dignaron a conocerlo, sólo para mostrarnos ese amor que nos da perdón, libertad y vida eterna:
JESÚS ES UN EJEMPLO TAN CONTUNDENTE DE AMOR SACRIFICIAL, QUE CONOCERLO NOS EXIGE UNA RESPUESTA
No es posible pensar en Jesús, sin dar un veredicto. No es posible conocer aquello que hizo y mantenernos sin asumir una posición. No es posible estar parados frente a Él y no caer de rodillas o darle la espalda.
No es posible estar ante tal muestra de amor y ser indiferente a ella. Lo aceptamos o sencillamente lo rechazamos. Cuando se trata de Jesús, no hay medias tintas.
Veremos en los protagonistas de los juicios romanos civiles que faltaban por enfrentar, algunas posiciones que nos ayudarán a revisar nuestro enfoque hacia el amor que Jesús nos ha mostrado.
Continuemos con el 4to juicio:
Jesús ante Pilato.
Los cuatro evangelios nos dan testimonio de este juicio. Mateo 27:11-14; Marcos 15:2-5; Lucas 23:1-7 y Juan 18:28:38 son las referencias bíblicas que nos presentan este hecho. Al llegar al pretorio romano, los líderes religiosos decidieron no entrar, pues estaban aún en la celebración de la pascua y no querían contaminarse.
Así que Pilato tuvo que salir a recibirlos. Juan 18: 29-31 nos relata lo siguiente:
“Saliendo Pilato a ellos, les dijo: ¿Qué acusación traéis contra este hombre? y le dijeron: Si éste no estuviera haciendo mal, no te lo habríamos entregado. Entonces les dijo Pilato: Tomadlo vosotros y juzgadlo según vuestra ley. Le dijeron los judíos: A nosotros no nos es lícito matar a nadie.”
Esta respuesta fue irrespetuosa hacia Pilato, fue una manera de decirle: “Ya nosotros lo hemos juzgado y lo hemos hallado culpable. Tú sólo debes dar tu aprobación”.
Le dejaron claro que no se trataba de un asunto religioso, sino de un caso que significaba cierta amenaza a Roma. Lucas, nos marca los cargos que presentaron ante el procurador romano: (Versículo 2-7)
“Y comenzaron a acusarlo, diciendo: Hemos hallado que éste pervierte nuestra nación, y no sólo prohíbe dar tributo a César, sino que dice que él mismo es el Mesías rey. Entonces Pilato le preguntó, diciendo: ¿Eres tú el rey de los judíos? Él respondiendo, dijo: Tú lo dices. Pilato dijo entonces a los principales sacerdotes y a las multitudes: Ningún delito hallo en este hombre. Pero ellos insistían, diciendo: Alborota al pueblo, enseñando por toda Judea, y comenzando desde Galilea llega hasta aquí. Al oírlo Pilato, preguntó si el hombre era galileo. Y cuando se enteró de que era de la jurisdicción de Herodes, lo remitió a Herodes, que estaba en Jerusalén en aquellos días.”
Pilato estaba claro de que había algo extraño en aquella acusación y no iba a ser él quien la avalara. No porque hubiera algún valor que lo obligara a actuar correctamente, sino porque no daría un paso en falso.
5to juicio, Jesús ante Herodes Antipas.
El hijo de Herodes el grande, quien era considerado por la aristocracia judía como un líder. Éste había llenado su mandato de frivolidad y falta de moderación. Él fue quien dejó a su mujer para casarse con la mujer de su hermano, y quien también mandó a decapitar a Juan el Bautista. Siempre quiso conocer a Jesús y ver alguno de los milagros de los que tanto se hablaban.
El corto encuentro entre Jesús y Herodes, sólo está relatado en Lucas 23:8-12:
“Al ver a Jesús, Herodes se alegró grandemente, porque por haber oído acerca de Él, desde hacía bastante tiempo deseaba verlo, y esperaba ver algún milagro hecho por Él. Y le preguntaba con muchas palabras, pero Él nada le respondió. Mientras tanto, los principales sacerdotes y los escribas lo estaban acusando porfiadamente. Entonces Herodes, con sus soldados, después de menospreciarlo y ridiculizarlo, le puso una ropa espléndida y lo devolvió a Pilato. Y aquel mismo día Herodes y Pilato se hicieron amigos, pues habían estado enemistados el uno con el otro.”
Herodes, sólo quería ver algún espectáculo por parte de Jesús, pero no tuvo ninguno, así que no era algo que le interesara mucho. Jesús tenía muy claro que no debía “echarle las perlas a los cerdos.” Pero el gobernador, entendió el gesto de Pilato como una broma y lo devolvió con un manto real de su propia colección. Como diciendo: “Allí te mando al Rey de los Judíos”. Y al recibirlo, Pilato entendió que esta jugada le había hecho ganar a un aliado ante la decisión de qué hacer con Jesús.
De regreso ante Pilato. Al procurador romano no le estaban quedando muchas opciones. Seguía sin ver delito alguno en Jesús. Así que, decidió hacer uso de una costumbre que sus predecesores tenían. Se solía dejar libre a un preso en la época de la Pascua, por lo que a Pilato se le ocurrió parar a Jesús frente a Barrabás, un delincuente probado, un asesino que lideraba un grupo de matones y que simbolizaba para Roma y para el pueblo judío un verdadero dolor de cabeza.
Pero Pilato no contaba con el terrible odio que los líderes religiosos sentían por Jesús y la tremenda influencia que ejercían sobre el pueblo. Así que, Mateo 27: 20-21, nos relata lo siguiente:
“Pero los principales sacerdotes y los ancianos, persuadieron al pueblo para que pidiesen a Barrabás, y matasen a Jesús. Cuando el gobernador preguntó: «¿Cuál de los dos queréis que os suelte?» Ellos respondieron: «A Barrabás»”
La cronología de Juan, nos muestra que Pilato mandó a azotar a Jesús, en un intento más por salvar su vida. Pues la laceración romana ya era de por sí un castigo brutal.
El látigo romano, era un trenzado de cuero que tenía varias puntas, en ellas se colocaban trozos de hueso de ovejas y pequeñas pesas metálicas. En un artículo de la “Asociación Médica Americana, describen que las pesas metálicas al contacto con el cuerpo causaban heridas muy profundas y las correas con hueso arrancaban la piel y el tejido subcutáneo. En la medida que los golpes se daban, las heridas se hacían cada vez más profundas, hasta desgarrar los músculos y dejar expuestos los huesos de las costillas.
El resultado final de esta tortura, era huesos rasgados y fracturados, laceraciones pulmonares con sangrado de la cavidad torácica, lo cual hacía colapsar parcial y hasta totalmente los pulmones. Los romanos eran expertos en torturar sin causar la muerte. Solo perseguían dar el máximo sufrimiento posible. Pero aun así, muchos de los torturados morían días después, producto de los daños recibidos.
Este era un castigo público, por lo que al ser llevado ante los soldados romanos, uno de ellos ataba a Jesús, mientras la multitud se agolpaba para ver el espectáculo, lo que le daba un ambiente mucho más humillante al ya patético cuadro. La flagelación judía tenía ciertas reglas, como el número de azotes que no podía exceder 39 y el lugar, que debía limitarse sólo a la espalda. Pero los romanos no tenían ningún límite, ellos podían golpear con el látigo todo el tiempo que quisieran, pues lo usaban como un espectáculo para los presentes.
Además, todas las partes del cuerpo eran permitidas, cara, piernas, abdomen pecho, no había límites. Si el prisionero se desmayaba por el dolor, los verdugos esperaban hasta que volviera en sí y retomaban con el castigo. Pasado algunos minutos de golpes continuos, el prisionero entraba en estado de “Shock”, por lo que los soldados, expertos en este tipo de tortura, golpeaban lo suficiente para evitar que esto ocurriera, lo dejaban para que fuera objeto de burla y luego continuaban.
En un interludio de estos, al Señor lo coronaron con un enredado de espinas que podían tener entre cinco y siete centímetros de largo, las cuales se incrustaron en su cabeza. Luego hubo más azotes. Más adelante los soldados, en un acto de humillación brutal, le colocaron en sus hombros destrozados por el látigo, un manto militar que colgaba con alfileres, para simular una capa real y le dieron una caña de medir como cetro.
Jesús fue golpeado y escupido por ellos, hasta que llegó el momento de volver al pretorio. Algunos historiadores del primer siglo, describen a los cristianos que padecían este castigo como, “una piltrafa de carne ensangrentada”. Pilato pensó que al llegar de esta manera ante el pueblo, ellos tendrían compasión y olvidarían la idea de la cruz. Pero no fue así. Juan 19:4-5, nos relata lo siguiente:
“Otra vez salió Pilato, y les dijo: Mirad, os lo traigo fuera para que sepáis que ningún delito hallo en él. Entonces salió Jesús, llevando la corona espinosa y el manto purpúreo. Y les dijo: ¡He aquí el hombre!”
Los eruditos de la Biblia Textual, comentan de la frase: “he aquí el hombre”, lo siguiente: Pilato la usó “Como diciendo: ¡Mirad cómo está! ¿No ha sufrido ya bastante?”
Pero los líderes religiosos una vez más clamaron por su crucifixión. El rencor de aquellos, que abrumados por la verdad que desnudó su nicho de corrupción, no tenía límites. En la madrugada de ese día habían capturado a Jesús con el firme propósito de matarlo y no descansarían hasta hacerlo.
CONVERSEMOS SOBRE EL EVENTO
Ya se ha dicho que al contemplar el sufrimiento que Cristo padeció por amor a la humanidad, no hay lugar para medias tintas. El sacrificio de Jesús exigió una respuesta a todos aquellos que lo vieron con sus propios ojos. De la misma manera, nos la exige a nosotros hoy cuando somos alcanzado por su mensaje de amor, a través del relato Bíblico.
Veamos la respuestas dadas, ante el sacrificio de Cristo, por algunos personajes centrales en esta serie de eventos, relacionándolos con la manera de pensar, que muchos de nosotros solemos mostrar el día de hoy:
En primer lugar, pensemos en los líderes religiosos. Ellos conocían a Jesús, más que muchos de los que fueron parte activa de esta serie de acontecimientos. Pero el apego al poder desmedido que el control sobre la religión les daba, no les permitió aceptarlo como el Mesías, que ellos mismos decían esperar. Estos líderes religiosos representan a quienes rechazan a Jesús, porque choca frontalmente contra sus intereses personales.
Pensemos ahora, en Herodes. Estaba tan distraído en sus propios placeres que tuvo frente a él a Jesús y no le dio ninguna importancia. Él representa a quienes lo rechazan, porque sólo están interesados en lo que les da placer. En la vida centrada en el aquí y el ahora.
Pensemos en Pilato. Pudo ven en Cristo la verdad, tanto que cada vez que estuvo frente a Jesús se mantuvo firme en ella. “Es inocente”. Pero, decidió cubrir esa verdad con su conveniencia, porque no quería perder el favor del emperador y la posición que ahora tenía. Él representa a quienes no siguen a Jesús, porque valoran más a sus amistades y su posición que el significado eterno de Cristo
Pensemos también en el pueblo. Ellos vieron los milagros de Jesús, intentaron hacerlo su rey porque les daba comida, unos días antes lo aclamaron, tendiendo palmas a su paso mientras entraba a Jerusalén, pero en realidad nunca quisieron a un salvador que tratara con su pecado, sino a uno que les diera “libertad” para poder seguir viviendo en sus pecados. Ellos representan a quienes rechazan a Cristo, porque no se parece al dios que han decidido tener. Un dios, que es lo suficientemente pusilánime como para ignorar su filosofía de vida y tan bonachón que siempre estará dispuesto a bendecir cualquier decisión que tomen, sin importar lo inmoral que esta sea.
Pensemos en los discípulos. Aunque no se mencionan aquí, o precisamente porque no se mencionan, ellos tienen algo que enseñarnos. Pues representan a quienes conociendo la verdad, en los momentos apremiantes no son capaces de defenderla con convicción. Jesús aun tenía que trabajar algunos aspectos en ellos antes de poder comisionarlos.
Tenemos ante nosotros cinco posiciones diferentes ante Jesús. El asunto es, que ese amor infinito demostrado en favor nuestro, que lo llevó a guardar silencio ante tanta injusticia, que le hizo sufrir sin defenderse y más adelante llegar hasta la muerte en la cruz, exige de nosotros una respuesta.
REFLEXIONEMOS SOBRE LO ANTERIOR
La pregunta es ¿Qué actitud asumirás ante la persona de Jesús y el sacrificio que enfrentó por amor a ti? La verdad que Cristo representa, no admite silencio ni ambigüedades. O es lo aceptas como el Señor de tu vida o te sientas en la silla del juez, dictando sentencia.
OREMOS
Toma un tiempo para presentarte ante el Señor en oración. Te animo a revisar, con absoluta honestidad, quién es Jesús para ti. Nadie te ha amado como Él te ama. Él es quien dejó para ti un ejemplo de amor evidenciado a través del sufrimiento.




