DEVOCIONALES

DEVOCIONALES: JESÚS, LUZ Y VISIÓN PARA LA HUMANIDAD #DÍA 16

por | Feb 2, 2026 | En su presencia | 0 Comentarios

Lee Juan 9:1-12

Un Señor de mediana edad tenía en su pequeño establecimiento comercial un letrero que decía: “Si no te saludo, no pienses que soy creído, sólo soy miope. Y si te miro feo, es que te estoy enfocando.” Los problemas de visión, son cada vez más comunes. Y dependiendo de su gravedad, podremos perdernos de algunos detalles que ocurren a nuestro alrededor.

Ahora imaginemos que el problema, más que una simple miopía, se trata de una ceguera absoluta. Ante la imposibilidad de ver, siempre habrá en las experiencias de la vida, una parte que estará fuera de alcance. Que nunca se podrá conocer. Tal es el caso de aquellos, que siendo ciegos espirituales, se están perdiendo de conocer la vida que Jesús vino a darnos.

En el milagro anterior vimos a un hombre ciego que tuvo un encuentro con Jesús y tras un milagro progresivo, recobró su capacidad para ver. Hoy consideraremos un milagro similar. Otro ciego es sanado por el poder de Jesús. Pero en las particularidades de este evento, trataremos de destacar el tremendo valor simbólico que se halla en este milagro.

Esta vez será el evangelio según Juan, capítulo 9, versículos 1-7, el que nos relate la historia de este encuentro ocurrido en la ciudad de Jerusalén.

CONVERSEMOS SOBRE EL RELATO

En las inmediaciones del templo, luego de la fiesta de los tabernáculos, Jesús tuvo un altercado con los Fariseos, y al salir de en medio de ellos, en una de las salidas del templo, se encontró con un hombre ciego de nacimiento.

Este hombre no conocía a Jesús. Pero su primer encuentro con Él, resultó en la restauración plena de su sentido de la vista. Y en la medida que su visión física se iba haciendo más aguda, sus ojos espirituales también se iban abriendo. Este hombre, será para nosotros una clara señal de que:

JESÚS ES LA FUENTE DE VISIÓN Y LUZ QUE NUESTRA VIDA NECESITA

Pues en realidad todos los seres humanos hemos nacido ciegos espiritualmente. Aun cuando, podamos presumir de visión perfecta o de padecer una simple miopía, la verdad es que somos, al igual que este hombre, ciegos espirituales de nacimiento. Tal como el rey David lo dijera en el Salmo 51:5: “He aquí, en maldad fui formado, Y en pecado me concibió mi madre.” Todos somos pecadores por naturaleza, y esta condición nos impide ver la luz de Cristo.

Pero el milagro ocurrido en este milagro, nos muestra una señal maravillosa de lo que Cristo vino a ofrecernos a todos los que, siendo ciegos espirituales, tenemos el valor de reconocerlo y de remediarlo, a través las poderosas manos de Jesús.

Tomemos de esta señal milagrosa narrada por Juan, tres principios que nos guiarán a alcanzar esa visión espiritual que sólo Cristo puede darnos.

El 1er principio lo llamaremos, El Principio de la Realidad. La realidad es aquello que nos lleva a aceptar nuestras verdaderas necesidades. Y todo aquel que desea ser sanado de su ceguera espiritual, necesita reconocer que esta lo ha llevado a una condición miserable. Esa es la triste reallidad del ser humano.

Este hombre ciego, era conocido por todos los que hacían vida en el templo. La razón por la que lo conocían, era porque solía sentarse cerca del santuario a mendigar, como Juan nos lo deja ver en el versículo 8. Y antes que alguien se sienta tentado a buscar argumentos para refutar su condición de miseria espiritual, leamos la advertencia que el Señor hace a la iglesia de Laodicea, a través del mismo apóstol Juan, en el libro de Apocalipsis, capítulo 3, versículos 17 y 18:

  “Dices: “Soy rico; me he enriquecido y no me hace falta nada”; pero no te das cuenta de cuán infeliz y miserable, pobre, ciego y desnudo eres tú. Por eso te aconsejo que de mí compres oro refinado por el fuego, para que te hagas rico; ropas blancas para que te vistas y cubras tu vergonzosa desnudez; y colirio para que te lo pongas en los ojos y recobres la vista.”

Laodicea era una iglesia, con todas las cualidades religiosas que se podía esperar de una iglesia. Era próspera económicamente y de mucha influencia en la sociedad. Pero tenían un problema, su fe en Cristo era no el resultado de un encuentro personal con Él, sino de la simple costumbre de ser cristianos. En ellos no había convicciones profundas, sino posiciones que se adaptaban a la medida de sus conveniencias. Por esto, el Señor les hace ver la miseria espiritual que los había llevado a estar en ruinas, desnudos y ciegos.

El famoso refrán que dice: “No hay peor ciego que el que no quiere ver”, se cumple perfectamente en aquellos que, sabiéndose pecadores, no aceptan su condición. La cual, no habrá posibilidades de cambiar, si antes no somos capaces de reconocerla. Esa es, nos guste o no, la realidad.

El 2do Principio lo llamaremos, El Principio de la Visión. Cuando el Señor dijo: “Mientras esté yo en el mundo, luz soy del mundo,” (v.5), el hombre que era ciego de nacimiento estaba parado frente a Él. Pero aun así, no veía. El asunto es, que podemos poner a un ciego de cara al sol de mediodía y este podría seguir negando la existencia de la luz, porque nunca la ha visto.

Un ciego necesita algo más que luz para poder ver. Necesita el sentido de la vista. Repasemos algunos detalles en el desarrollo de este encuentro. Versículos 6 y 7:

“Dicho esto, escupió en el suelo, hizo barro con la saliva y se lo untó en los ojos al ciego, diciéndole: —Ve y lávate en el estanque de Siloé (que significa: Enviado). El ciego fue y se lavó, y al volver ya veía.”

Esta sanidad está llena de figuras que vale la pena identificar. El barro hecho con saliva, es un símbolo de humanidad, pues Génesis 2:7 afirma que fuimos creados del polvo de la tierra. Esto representa esos esfuerzos inútiles que terminan evidenciando nuestros fracasos, nuestras debilidades y nuestra discapacidad espiritual. Por lo que el lodo en los ojos de aquel hombre, es un símbolo de cómo los intentos por ver espiritualmente que el hombre ha fabricado, sólo han logrado impedir más su visión.

En segundo lugar, tenemos el estanque que lleva por nombre, “Enviado”. Este estanque representa a Cristo, a quien Juan 3:16 lo identifica como el enviado de Dios: “Porque tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna.”

Todo esto, en el contexto del milagro, nos dice que nuestra ceguera espiritual, sólo puede ser sanada cuando nos lavamos en Jesús.

Entonces podemos ver aquí que Cristo, no sólo es la luz del mundo, sino también quien da el sentido de la vista a los ciegos espirituales.

Podemos esmerarnos por presentar a Jesús a quienes no lo conocen, pero si estos no han obtenido el sentido de la vista, por mejor que sea presentada la verdad de Cristo, sencillamente no la verán. Sería como tratar que un ciego vea la luz, solo porque lo hemos acercado a un bombillo muy luminoso.

En realidad, antes de encender la luz, necesitamos orar al Señor para pedir que esos ojos espirituales sean abiertos por su poder.

Y el 3er principio lo llamaremos, El Principio del Desarrollo. Aquellos ojos que Jesús le da el sentido de la visión, necesitan aprender a ver. El desarrollo cristiano es el proceso en el que la verdad de Cristo se va revelando progresivamente.

Volvamos al hombre que acaba de recuperar la vista. Este entra al templo lleno de alegría y al verlo le preguntaron: ¿cómo es que ahora puede ver? Recordemos que era reconocido por la gente como el ciego de nacimiento. La respuesta fue la siguiente:

“Ese hombre que se llama Jesús hizo un poco de barro, me lo untó en los ojos y me dijo: “Ve y lávate en Siloé”. Así que fui, me lavé, y entonces pude ver.”  (v.11)

Notemos que se refirió a Jesús como: “Ese Hombre”.

Más adelante, fue llevado ante los fariseos quienes lo interrogaron intensamente sobre Jesús. Versículo 17:

“¿Y qué opinas tú de él? Fue a ti a quien te abrió los ojos. —Yo digo que es profeta —contestó.”

Ahora, con su visión un poco más enfocada, este hombre puede reconocer que Jesús es un Profeta. Pero hay más, la facción más dura de los fariseos lo vuelve a llamar para acosarlo, y la respuesta esta vez evidenció más claridad aun. Versículos 32-33:

“Jamás se ha sabido que alguien le haya abierto los ojos a uno que nació ciego. Si este hombre no viniera de parte de Dios, no podría hacer nada.”

Ahora lo identifica como quien viene de Dios. El comentario acerca de dar vista a los ciegos, es una alusión a lo que el Mesías esperado por los judíos vendría a hacer. Así que, hay elementos de convicción en este hombre, que apunta a Jesús como el Mesías.

Y finamente, los fariseos lo expulsan del templo y al enterarse el Señor va a su encuentro. Versículos 35 al 38: 

“Jesús se enteró de que habían expulsado a aquel hombre, y al encontrarlo le preguntó: — ¿Crees en el Hijo del hombre? — ¿Quién es, Señor? Dímelo, para que crea en él. —Pues ya lo has visto —le contestó Jesús— es el que está hablando contigo. —Creo, Señor —declaró el hombre. Y postrándose, lo adoró.”_

La manera como la visión espiritual de este hombre fue desarrollándose, nos muestra cómo debe haber también, un desarrollo en nuestro caminar cristiano. El cual, aunque parta de una completa ignorancia, debe avanzar hasta una completa adoración.

REFLEXIONEMOS SOBRE LO ANTERIOR

La pregunta es ¿cómo está realmente tu visión espiritual? Ser realista al evaluar tu condición, te dará la oportunidad de conocer la luz que Cristo vino a darte y más que a conocerla, a tener la visión que te permita poderla contemplar.

OREMOS

Toma un tiempo para presentarte ante el Señor en oración. Te animo revisar ante Él la condición de tu visión espiritual. Pídele que te ayude a levantarte de tu miseria, que te dé el sentido de la vista y te guíe en el desarrollo de una relación cada vez más cercana con Él, quien es “La Luz de Mundo”.

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