DEVOCIONALES

DEVOCIONAL: JESÚS, FUNDAMENTO SEGURO #DÍA 10

por | Ene 26, 2026 | En su presencia | 0 Comentarios

Lee Mateo 8:5-13; Lucas 7:1-10

Cuando oprimimos el interruptor para encender la luz de una habitación, esperamos que aquel lugar, tras el sonido del clic, sencillamente se ilumine. El proceso es bastante simple. Pues, en primer lugar, hay un elemento que conocemos. El interruptor sirve para encender la luz. En segundo lugar, tenemos el elemento de la experiencia, pues sea que ya hayamos encendido la luz de esa habitación o la de cualquier otra, el haberlo hecho antes nos sirve como punto de referencia. 

Pero si no lo hubiéramos hecho nunca, tenemos el testimonio de muchos que sí lo han hecho. Y en tercer lugar, tenemos el elemento de convicción, que surge al accionar efectivamente el interruptor confiados que la luz se encenderá.

Es decir, cuando oprimimos el interruptor muchas preguntas podrían llegar a nuestra cabeza ¿Será que la compañía de luz está suministrando la energía suficiente? ¿Mi esposa habrá recordado pagar el recibo? ¿Habrá algún corto circuito en alguna parte del sistema? ¿El foco estará en buen estado? Pero, la verdad es que usualmente no nos detenemos a pensar así, y si lo hacemos, eso no nos impide seguir adelante, porque iremos directo al interruptor y daremos el clic, absolutamente confiados de que la habitación se iluminará.

Esta es una manera sencilla de ver la fe en un acto cotidiano. Pues, la fe parte de un elemento que debemos conocer, por eso Pablo le dice a los Romanos, en el capítulo 10, versículo 17: “La fe es el producto del oír y el oír la palabra de Cristo.” Pero la fe, también tiene el elemento de la experiencia, y esta es la razón que Juan le da a las señales milagrosas que hemos estado estudiando acerca de Jesús.

Recordemos Juan 20:31: “Pero estas señales se han escrito para que ustedes crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que al creer en su nombre tengan vida”. Así que, las experiencias relatadas en cada milagro de Jesús que hemos visto hasta ahora, deben servirnos como agentes motivadores, para que activemos el clic de la fe que llenará de la luz de Cristo nuestra vida.

El milagro que consideraremos hoy, nos presentará ante un hombre cuya fe fue precisamente el resultado de conocer lo que las Escrituras afirmaban acerca del Mesías y de aceptar como suficientes, las experiencias de muchos que habían experimentado estas señales milagrosas de Jesús. Esto lo llevó a activar el clic de la fe de una manera ejemplar, ante una situación sumamente difícil que debió enfrentar.

Lucas, ubican este evento en Capernaum, justo después del “Sermón del Monte”. Al entrar Jesús a la ciudad, un grupo de ancianos o dirigentes de la comunidad judía, rodearon a Jesús para pedirle que atendiera la necesidad de un centurión. Los centuriones eran oficiales profesionales del ejército romano que controlaban ciertas regiones del imperio, comandando un pelotón de entre treinta a ochenta soldados. Eran temidos por su formación rígida y hasta cruel, por lo que se decía que conformaban la columna vertebral de la defensa militar romana.

Ahora bien, el hombre que estaba detrás de la petición de los ancianos, no parece corresponder del todo a la descripción típica de un centurión. Pues, en los relatos de Mateo 8:5-13 y Lucas 7:1-10, se nos presenta como un hombre, en primer lugar, que amaba a Israel. No olvidemos que nos referimos a un centurión romano. Es decir, la cara más visible de la opresión que Roma ejercía sobre Judá.

Hablar de un centurión que amara a los judíos, era referirse a un hecho bastante particular. En segundo lugar, se nos presenta a este hombre como alguien genuinamente interesado por el Dios de Israel, pues había mandado a construir en Capernaum una sinagoga para el pueblo judío.

El Erudito Alfred Edersheim se refiere a este soldado de la siguiente manera: “El centurión era simplemente uno de los que había aprendido a amar a Israel y a reverenciar al Dios de Israel; uno que no sólo en su posición oficial, sino por amor y reverencia, había edificado aquella sinagoga, de la cual, aunque parezca extraño después de dieciocho siglos, los ricos adornos de las cornisas y entablamientos, capiteles y nichos, muestran con qué generosidad había hecho sus ofrendas votivas.”

Este era un hombre verdaderamente especial. Por lo que estos ancianos judíos, que no reconocían a Jesús como Mesías, estuvieron dispuestos a pedirle que fuera a atender la situación por la que estaba atravesando.

CONVERSEMOS SOBRE EL EVENTO

El asunto era que un siervo suyo estaba al borde de la muerte. La descripción que hace Lucas de la condición del siervo es que estaba sumamente grave y a punto de expirar. Mateo por su parte, nos da una referencia un poco más específica al decir, que esta enfermedad lo había derribado con una parálisis y lo estaba atormentando terriblemente.

El amor que este centurión sentía por este joven sirviente, queda claramente reflejado en Mateo al referirse a él como, “mi siervo”, la idea expresa exclusividad. Como lo dijera John Broadus: “… o era el único siervo que poseía, o el único que tenía consigo en Capernaum, o el que entonces ocupaba sus pensamientos.”

Pero en medio de la invitación a que Jesús sanara al muchacho, había un problema más que resolver. La ley establecía que un judío no podía entrar a la casa de un gentil (es decir, un no judío), porque éste era impuro y su casa era impura. Así que ¿Cómo podría entrar Jesús a la casa de un centurión? Por lo que los ancianos, que no paraban de pedir al Señor que fuera con ellos, aseguraban, este hombre es “…digno de que le concedas esto”.

La actitud de este centurión y las referencias dadas por los ancianos judíos, movieron sin dudas la misericordia del Señor a favor del joven siervo. Así que, se dispuso a ir hasta la casa del oficial romano.

En ese momento, el centurión demostró la calidad de su fe. Así que, deteniendo a Jesús en su intención de ir a su casa, le presenta un razonamiento que le causó un grato asombro al Señor y demostró que:

JESUS ES EL ÚNICO FUNDAMENTO SUFICIENTE Y SEGURO EN EL CUAL DEPOSITAR NUESTRA FE

Veamos en la convicción mostrada por este centurión, dos principios que sustentan una fe que descansa en cristo.

El 1ro de estos principios es, Una fe que descansa en Cristo nos lleva a presentarnos en absoluta humildad ante Él. Los ancianos judíos aseguraron a Jesús que este centurión era digno, o merecedor de su favor.

Pero, él le dijo lo siguiente, Mateo 8:8: “Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo”. El término “digno” aquí, sugiere “suficiencia”. Es decir, mi carácter no es todo lo puro, lo recto y lo limpio que se requiere, para que tú, que eres absolutamente santo venga a mi casa.

No perdamos de vista el hecho. El comandante romano, le dice al hijo de un carpintero de Nazareth, “no soy digno de estar en tu presencia. La humildad de este soldado le hizo reconocer que Jesús es Dios hecho hombre. Y ante la majestad de Jesús, no hay suficiencia que valga.

La arrogancia es uno de los mayores enemigos de la fe, pues mientras creamos que solos podemos alcanzar lo que queramos, nos resultará imposible depositar nuestra confianza en Jesús. Y mientras creamos que nuestras capacidades, logros y posiciones son suficientes, entonces nunca reconoceremos nuestra profunda necesidad de Él.

Y el segundo principio es, Una fe que descansa en Cristo nos lleva a reconocer su autoridad sobre todas las áreas de nuestra vida. dejemos que sea el mismo centurión quien nos muestre su concepto de autoridad. Mateo 8:8-9:

“Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo, pero sólo dilo de palabra, y mi siervo será sanado, porque aun yo, siendo hombre bajo autoridad, tengo soldados sujetos a mí, y digo a éste: Ve, y va; y a otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace.”

¡Qué ejemplo de autoridad más maravilloso! Esta es la clase de fe que llenó de asombro a Jesús. Es como si el centurión le dijera a Jesús: ─si yo que estoy bajo las órdenes de mis superiores, ordeno a los que están por debajo de mí y ellos me obedecen, entonces ¿cuánta más autoridad tendrás tú que no tienes a nadie sobre ti? Sólo dilo y se hará.

Por supuesto Jesús atendió las súplicas de este hombre. El versículo 13 de Mateo 8 cierra el relato de la siguiente manera: “Entonces dijo Jesús al centurión: Ve, que se te haga como has creído. Y el siervo quedó sano en aquella hora”

REFLEXIONEMOS SOBRE LO ANTERIOR

¿Posees una fe tal que podría llenar de asombro a Jesús? ¿Ejerce Jesús total autoridad sobre ti? Si no es así, entonces hay áreas en tu vida que sencillamente sigues controlando tú. Tu fe se fortalecerá en la medida que conoces al Cristo de la Biblia; será motivada a actuar de forma correspondiente, a través de cada señal milagrosa que vamos descubriendo, pero sólo llegará a ser una fe asombrosa cuando, tus rodillas se doblen ante su autoridad.

OREMOS

Toma un tiempo para presentarte ante el Señor en oración. Lleva ante Él aquello que hoy ocupa tu mente, aquello que afecta tu paz y que te está robando la capacidad de ver el mañana con esperanza. Somete tu orgullo ante su autoridad y déjalo actuar sobre tu vida.

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