En la actualidad, podemos ver a muchos hacer obras caritativas, publicándolas para que todos puedan ver lo que hacen. Dan al necesitado exponiendo su necesidad, porque el objetivo es exaltar lo “generoso” que son. En el Sermón del Monte, el Señor describió a quienes actúan así como hipócritas, los cuales no recibirán de Dios ninguna recompensa. Deben sentirse satisfechos con las alabanzas de quienes se congracian con ellos, porque es todo cuanto obtendrán (Mateo 6:1-2).
Pablo comienza el capítulo 13 de su carta a los Corintios, presentando tres cualidades que hacen evidente la superioridad del amor que viene de Dios. Hoy veremos, en tercer lugar, que este amor es muy superior a todo acto de generosidad.
Si reparto entre los pobres todo lo que poseo, si entrego mi cuerpo para tener de qué presumir, pero no tengo amor, nada gano con eso.
Por extraño que parezca, tenemos que decir que es posible que alguien haga una acción caritativa sin que el amor la motive. Es posible incluso, que algunos se expongan al martirio sin ser motivados por el amor. Pablo refiere que el factor motivador podría ser, “tener de qué presumir”, lo cual sugiere gloriarse a sí mismo, llenándose de orgullo al exhibir lo que hace.
El resultado es sencillo, “…de nada sirve” o lo que es igual, carece totalmente de provecho. Si das con el fin de gloriarte, habrás perdido lo que diste, si te entregas al martirio con el fin de gloriarte, tu muerte será un desperdicio.
El amor es superior a cualquier virtud humana. Si queremos darle verdadero valor a todo cuanto somos capaces de hacer, a todo cuanto sabemos y a todo cuanto hacemos, entonces debemos establecerlo sobre la base del amor que viene de Dios.
Recordemos que,
El amor que viene de Dios le da verdadero valor a nuestra generosidad




