Al depositar nuestra confianza en Cristo recibimos al Espíritu Santo, a través del cual es derramado el amor de Dios en nuestro corazón. Es decir, somos conectados a la fuente absoluta del amor, por lo que amar al nivel presentado por Pablo a los Corintios, es una realidad posible para nosotros.
El amor que viene de Dios, tiene tres cualidades que nos dejan ver su superioridad. Hoy comenzaremos considerando la primera de estas cualidades. (1Corintios 13:1-3):
“Si hablo en lenguas humanas y angelicales, pero no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o un platillo que hace ruido.
El verdadero amor está muy por encima de nuestras capacidades personales. No quiere decir que el ejercicio de nuestros dones y talentos no sea importante, sino que el amor debe ser el agente motivador de todo lo que hagamos.
Los hermanos de Corinto se peleaban por lucir las cualidades espirituales más vistosas. Las lenguas, las profecías, las ciencias y todo aquello que pudiera resultar sobrenatural a los ojos humanos, era procurado y exhibido en esta iglesia, para mostrar cierta superioridad espiritual. Por lo que Pablo eleva la apuesta al decir: “Si yo hablara lenguas humanas y angélicas…”. En otras palabras, si más que el don de lenguas llegáramos a hablar el lenguaje de los ángeles y no lo hacemos movidos por el amor, nuestras palabras serían puro ruido.
La comparación es con el ruido que produce una lámina de metal o una vasija vacía de bronce al ser golpeada. Tal sonido causaría rechazo a todo aquel que lo oyera. Así pues, pudiéramos presumir de tener el mejor de los dones, pero si al ejercerlo no somos motivados por el amor, sólo sería un ruido molesto. Es decir, un verdadero estorbo.
Recordemos que:




